Buceando entre viejos legajos, y referencias bibliográficas, habíamos concluido que en el año 1202, la Síndone de Turín, se custodiaba en la Basílica de Nuestra Señora de Blanquernas sita en Constantinopla. Sin embargo, esta situación estaba destinada a sufrir dramáticos cambios, iniciando así otra etapa de oscurantismo sobre lo que pudo ocurrir con la reliquia, y que, a falta de documentos históricos fiables, pues los pocos de que disponemos sólo pueden considerarse, en el mejor de los casos, como apócrifos (de dudoso origen), cuando no claramente falsos, ha sido rellenada a base de hipótesis más o menos fiables, de entre las que los historiadores han destacado tres:
- Hipótesis Templaria de Ian Wilson
- Hipótesis de Besançon
- Hipótesis de Esmirna
Y de todas ellas, la que parece tener más aceptación entre los historiadores, es precisamente la hipótesis templaria. Pero antes, continuemos buceando en la historia, sin salirnos de los datos contrastados y avalados por documentos históricos fiables.
El día 1 de octubre de 1202, zarpa de Venecia las tropas de la IV Cruzada, promulgada por el papa Inocencio III con la intención de conquistar Jerusalén. Los navíos utilizados fueron alquilados a los venecianos, y al mando de la expedición, se encontraban dos caudillos, el marques Bonifacio II de Montferrato, en Lombardía, y el conde Balduino IX de Flandes. A pesar de las intenciones papales, los acontecimientos históricos forzaron otro destino diferente para esta expedición militar.
En primer lugar, la flota, por exigencia de los venecianos, se dirigió a Zara, en el mar Adriático. En aquella época, era una plaza cristiana dependiente del rey de Hungría, adversario comercial de los venecianos, que fue deshonrosamente conquistada, para acto seguido invernar allí.
En este estado de cosas, el príncipe Alejo de Constantinopla, a cambio de una importante suma de dinero, pide a los caudillos que dirigen la Cruzada que asalten Constantinopla, pues su padre, el emperador Isaac II, ha sido destronado de forma ilegítima, encarcelado y privado de sus ojos por su propio hermano, quien reinaba con el nombre de Alejo III.
Esta oferta ocasiona graves disensiones entre los cruzados, pues mientras el estamento religioso se oponía frontalmente, el estamento militar estaba de acuerdo, especialmente los venecianos. Finalmente, el día 14 de mayo de 1203 la flota zarpa rumbo a Constantinopla, posponiendo la conquista de Jerusalén, llegando a la fortificada ciudad el día 23 de junio de ese mismo año.
El 17 de julio tiene lugar el asalto, que los cronistas definen como “duro e impreciso”, pero que consigue que el usurpador Alejo III huya de la ciudad, de modo que es restituido como emperador Isaac II, y su hijo el príncipe Alejo, es nombrado coemperador con el nombre de Alejo IV.
Los cruzados acampan en Galata, plaza genovesa, viajando libremente por el territorio, visitando la ciudad de Constantinopla y extasiándose con sus maravillas y riquezas.
En Agosto de 1203, el cruzado-cronista Roberto de Clari, (también llamado Robert de Clari, de Clary o de Cléry, Roberts de Clari, Robertus miles de Clari, Robillard de Clari y Robertus de Clariaco), contempló y admiró la síndone, y citamos textualmente “en la cual había sidoenvuelto Nuestro Señor”.
Los meses pasaban, y Alejo IV no pagaba lo prometido por los servicios recibidos, pero además, la población civil consideraba a los cruzados como invasores, demostrándoles su descontento por todos los medios a su alcance, llegando incluso a hostigar sus asentamientos, en base a pretendidas opiniones nacionalistas. En resumen, ni la población civil, ni los militares extranjeros estaban satisfechos con la situación.
En este estado de cosas, entra en escena uno de tantos aventureros, de apellido Murzuphle, toma prisionero al joven emperador Alejo IV, haciendo que sea estrangulado el día 8 de febrero de 1204, para acto seguido, autoerigirse emperador con el nombre de Alejo V.
La situación se hace crítica para los cruzados, pues ya no existe posibilidad de que la deuda contraída les sea pagada, pero además, sus posiciones son asediadas por tierra y por mar por tropas y navíos griegos. Tan sólo les quedaba una salida, de modo que en la noche del día 9 al 10 de abril de 1204, asaltan por mar la ciudad de Constantinopla, y la toman, aunque no consiguen capturar a Murzuphle, a sus notables, ni a y sus guerreros, que consiguen escapar durante la confusión.
El pillaje, el saqueo, y los abusos, consecuencia de las humillaciones sufridas, duraron tres días. Llegó a tal extremo que colmó la capacidad de indignación del papa Inocencio III, quien ya protestara enérgicamente por la conquista de Zara, llegando a decir, y reproducimos textualmente: “estos defensores de Cristo, que no debían volver sus espadas más que contra los infieles, se han bañado en sangre cristiana. No han perdonado la religión, ni la edad, ni el sexo. Han cometido a cielo abierto adulterios, fornicaciones, incestos. Se les ha visto arrancar revestimientos de plata de los altares, violar los santuarios y llevarse los iconos, cruces y reliquias”.
Según describe Jean Longnon en su obra L´Empire Latin de Constantinople, “El botín fue enorme, oro, plata, piedras preciosas, telas de seda, tisúes, brocados antiguos, vestidos de pieles, objetos preciosos… los cruzados pudieron repartirse cuatrocientos mil marcos de plata, o sea, el doble de lo que el joven Alejo les había prometido, y más de cuatro veces lo que los venecianos habían pedido por el pasaje de las tropas”.
Se calcula que más de trescientas reliquias a las que se les atribuía capital importancia pasaron subrepciamente a ornar las iglesias y catedrales de Francia, Alemania e Italia. Sin embargo, nadie sabe a ciencia cierta que ocurrió con la Síndone de Turín. Es sabido que fue puesta a salvo, y que fue vista en numerosas ocasiones en los años siguientes, luego no fue destruida, ni salió de Constantinopla inmediatamente como ocurriera con el resto de reliquias y tesoros. A este respecto, Roberto de Clari se limita a decir “Nadie supo jamás, ni griego ni francés, que fue de esta Síndone cuando la ciudad fue tomada”. Es decir, que nadie entre la soldadesca supo darle noticia de la reliquia.
La Síndone era suficientemente conocida, de modo que resulta llamativo que no se mencione en ninguna crónica del reparto posterior, más o menos consensuado, que se realizó del botín capturado, máxime cuando existía un acuerdo previo que establecía, entre otras cosas, la elección de un emperador entre las tropas vencedoras, a quien se le adjudicaría la cuarta parte de todas las reliquias capturadas, con especial interés en las relacionadas con la pasión de Jesucristo.
De hecho, fue el día 9 de mayo de 1204 cuando el conde Balduino IX de Flandes es nombrado emperador, bajo el nombre de Balduino I de Constantinopla, y cambiando el nombre del imperio por el de Romania.
La información de que disponía Roberto de Clari era muy limitada, pues se trataba de un piadosísimo, aunque simple y pobre caballero de Amienois, sito en la Picardía, y vasallo de Pierre d´Amiens, quien como soldado raso, tan sólo puede relatar lo que vio con sus propios ojos, mencionaban las proclamas militares, o comentaban las tropas. Sin embargo, tenemos información procedente de un segundo cronista, en este caso, se trata de un noble, el mariscal de la Champagne Geoffroy de Villeherdouin, quien participaba con un gran peso específico en las decisiones militares y diplomáticas de los cruzados, por lo que tiene información de primera mano sobre todo cuanto aconteció.
Según menciona Geoffroy de Villeherdouin, durante la mañana siguiente al ataque nocturno, es decir el martes 10 de abril de 1204, el marqués de Montferrato ocupó el gran palacio de Bucóleon con todas sus dependencias, lo que incluía unas quinientas moradas de mosaico dorado, treinta iglesias o capillas con innumerables y preciosísimas reliquias y muchísimas riquezas, mientras que Henri de Hainauld, hermano del conde Balduino IX de Flandes, hizo lo propio con el palacio de Blanquernas con sus doscientas o trescientas moradas, todas de mosaico dorado, sus veinte iglesias o capillas y la basílica de Santa Maria de Blanquernas, con un tesoro tan grande que no se podía describir, ni enumerar. El resto de palacios fue también tomado por los demás jefes militares.
Como era de esperar, ambos caudillos guarnecieron los palacios de que se adueñaron, poniendo así a salvo las reliquias y riquezas que contenían del pillaje que se produjo sobre la totalidad de la ciudad. Por lo tanto, sólo nos quedan dos posibilidades, o bien algún griego puso la Síndone a salvo durante la turbamulta, o bien quedó en poder de Henri de Hainauld.
Lo cierto y verdad es que cuando Balduino de Flandes fue nombrado emperador latino de Constantinopla, se instaló en el Gran Palacio de Bucóleon, donde muy probablemente fue ocultada de forma subrepticia la Síndone en algún momento, bien de forma más o menos inmediata, bien al cabo de un año, cuando Balduino Ies capturado el día 14 de abril de 1205 frente a Adrianópolis, sucediéndole en el trono Henri de Hainauld e instalándose también en Bucóleon.
Disponemos de algunas referencias históricas de peregrinos insignes que tuvieron acceso a la Síndone, entre ellas, citaremos las siguientes:
En 1205, Nivelon de Chérisy, obispo de Soissons, tras visitar Constantinopla, donó a su sobrina Elvida, a la sazón abadesa de Santa María de Soissons, una reliquia de “Sindone munda” es decir, limpia, sin imagen, probablemente una copia, o tal vez una porción minúscula del original, resulta difícil saberlo con seguridad.
También en 1205, Konrad von Krosigk, obispo de Halberstadt, tras su peregrinación, tajo a su diócesis reliquias “de Syndone eiusdem (Domini) et de sudario”, es decir, de la Síndone y del Sudario.
Alrededor de 1207, Nicolás Idruntino, natural de Otranto, menciona el “scevofilacio” o tesoro del Gran Palacio Imperial en su “Tratado sobre los ácimos”, y donde menciona específicamente que allí se guardaban las reliquias más insignes de Jesucristo, concretando que las vio con sus propios ojos, y menciona expresamente los linos sepulcrales. También en 1207, Nicolás Mesarites, en su Epitaphion menciona que los lienzos y el sudario (ai othoniai kai ta soudaria) por aquellas fechas estaban en Constantinopla.
Otra referencia documental, habla de un tal Hugo, abad de San Guillain, que partió con los cruzados en 1202, y llegó a ser capellán de Santa Maria de Bucóleon y canciller de la Romania entre los años 1205 y 1215. Cuando volvió a su patria, pasó a ser sencillo monje de Claraval.
El mismo Roberto de Clari menciona que trajo consigo de Constantinopla a Corbey reliquias “de Sudario Domini in Duobus locis”.
Otro fragmento, esta vez de gran tamaño, fue cedido por Balduino II en 1247 a San Luís IX de Francia, y citamos textualmente: “Balduino, por la gracia de Dios fidelísimo emperador en Cristo, coronado por Dios… Queremos hacer notorio a todo el mundo que (cedemos) a nuestro queridísimo amigo y consanguíneo Luís, ilustrísimo rey de Francia… Una parte del Sudario en que fue envuelto el cuerpo de él(es decir, de Nuestro Señor Jesucristo) en el sepulcro… En testimonio de lo cual y para perpetua seguridad hemos sellado el presente documento con nuestro sello imperial y lo hemos acreditado con nuestra bula áurea. Dado en Saint-Germain- en Laye, el año de nuestro Señor de mil doscientos cuarenta y siete, mes de junio, año octavo de nuestro imperio”.
La historia de este último fragmento resulta especialmente interesante, puesto de que de él se cortaron varios trocitos que, a continuación se donaron a diferentes iglesias. Concretamente, en mayo de 1248 dona un fragmento poco mayor de un centímetro a la Catedral de Toledo. Junto al fragmento el rey adjunta una carta dirigida al arzobispo y cabildo de Toledo en los siguientes términos: “De Syndone qua corpus eius (Domini Ntri. Jesuchristi) sepultum jacuit in sepulcro”, añadiendo además “de venerandis et eximiis (reliquiis) quae de tesauro Imperii Constantinopolitani suscepimus” (Que era parte del lote de reliquias eximias recibidas del tesoro del Imperio de Constantinopla).
Como primicia, podemos decir que dicho fragmento se consideraba perdido desde hace centurias, hasta que un miembro del Centro Español de Sindonología, se planteó su búsqueda, e inasequible al desánimo, solicitó los oportunos permisos, y buceó entre los archivos catedralicios, con la esperanza de encontrar una pista sobre su paradero. Después de años de búsqueda, no sólo encontró documentos que acreditaban la presencia del fragmento de la reliquia en cuestión, sino que como premio a sus desvelos, incluso llegó a encontrar el fragmento olvidado en un oscuro y tenebroso rincón. Feliz ante el hallazgo, sin embargo, descubrió que el tejido aun siendo de lino, no es igual que el de la Síndone, pues la urdimbre no es “en sarga de pescado”, luego no perteneció en ningún momento a la Síndone de Turín, sino a algún otro lienzo funerario.
Otro de los fragmentos, se custodiaba en la Sainte-Chapelle de París, de hecho, aparece en un inventario fechado el día 30 de agosto de 1740. Se conservaba dentro de una gran caja de bronce dorado que contenía el lote completo de reliquias enviadas por
Balduino a San Luís, donde mismo la viera el obispo de Mende, Guillaume Durand, fallecido el año 1296. Desafortunadamente, en 1789, durante la revolución francesa, se destruyó esta reliquia, junto con otras muchas.
La última referencia documental contrastada que menciona la presencia de la Síndone en Constantinopla data del año 1247, desde entonces, y hasta que reaparece en Lirey (Francia) en el año 1356, parece perderse de nuevo su rastro, dando lugar a todo tipo de especulaciones e hipótesis, algunas de ellas, con serias posibilidades, otras no tanto, y las más, fruto tan sólo del afán de notoriedad del ser humano, de modo que, cada poco tiempo, surge algún artículo firmado por alguien que es un perfecto desconocido entre los investigadores que afirma haber descubierto tal o cual cosa sobre la Síndone, especialmente sobre estas etapas oscuras de su historia. Con ello consiguen un doble objetivo, notoriedad personal, y promocionar el pueblo o ciudad del que, en ocasiones, incluso son cronistas, oficiales u oficiosos, y que, cuando hay algo de realidad, se trata tan sólo, en el mejor de los casos, de una de tantas copias que se hicieran en la antigüedad, y en el resto, ni siquiera eso.
Con respecto a los múltiples fragmentos de la reliquia que se distribuyeron ampliamente por Europa, también contribuyen a desorientar a los investigadores, pues con frecuencia, en algunos documentos, con una redacción ambigua, no se puede afirmar con certeza, y menos si no se describe la reliquia, si se trata de un fragmento, o de la original.
Tan sólo el obispo de Halberstand, Konrad von Krosigk, refiere que se trajeran fragmentos de ambas reliquias.
La mayoría de los investigadores opina que el sudario “que había estado sobre la cabeza de Jesucristo” (Jn 20,7) es el lienzo con manchas de sangre que actualmente se venera en la Catedral de Oviedo desde el siglo IX, por lo que no pudo estar en Constantinopla en el siglo XIII, es decir, que los lienzos funerarios mencionados por los cronistas de la época, deben ser otros, de los que actualmente no se tiene noticia alguna sobre su paradero.
Pero volvamos a centrarnos en los acontecimientos históricos previos a la “desaparición” de la Síndone entre las tinieblas de la historia. Tras la toma de Constantinopla en el año 1204 por los cruzados, y constituido el imperio de la Romania, los griegos y búlgaros, sus enemigos naturales, redujeron dicho imperio en pocos años a la ciudad de Constantinopla y su perímetro.
Durante el año 1238, se produce un relevo en el trono y Balduino II de Courtenay es coronado emperador a la edad de veintiún años. El estado de sus finanzas era tan deplorable que se vio obligado a viajar por Europa, recorriendo todos y cada unos de sus feudos personales, tomando posesión de ellos en Namur, en Flandes, y Courtenay en Francia, llegando incluso a mendigar subsidios y tropas por las cortes europeas con las que poder defender su imperio.
Llegó incluso a empeñar la corona de espinas al convento del Pantocrátor, que estaba bajo dominio veneciano en aquella época, y su condado de Namur a San Luís, su tío a cambio de cincuenta mil libras.
Durante su ausencia de Constantinopla, el regente del imperio, Nargeaud de Toucy, es testigo de cómo las dos riveras de los Dardanelos eran tomadas por las tropas del emperador rival, Juan Vatatzés. La noticia le llega a Balduino en Francia ese mismo año, 1238.
En cuanto San Luís tuvo noticia de ello, desempeñó la Santa Corona de Espinas de manos de los venecianos por nada menos que doscientas mil libras de oro.
En abril de 1241, la situación financiera de Balduino II es desesperada, había vendido incluso el plomo de los tejados de su palacio, y entregado en fianza a su propio hijo, obtuviendo que San Luís rescatase de manos de los prestamistas venecianos, y de los Templarios de Siria una serie de reliquias que constituirían el lote que Balduino remitió a San Luís en el año 1247, entre las que figuraba un fragmento de la Síndone, como ya hemos visto, pero no la reliquia completa.
Parece juicioso suponer que la Síndone se encontraba aún en Constantinopla en el año 1247, pues si la hubiese desempeñado antes, sin duda, la habría rescatado San Luís, como hiciera con el resto de reliquias. Todos los estudiosos concluyen que fue en este año cuando la empeño, y es de agradecer que no la fragmentara y la vendiese en trozos para obtener mayor beneficio.
Lo cierto y verdad es que a partir de 1248, San Luís se concentra en la preparación de la VII Cruzada, lo que absorbe todos sus recursos. Hasta el extremo de que incluso Balduino II, como súbdito suyo, al poseer el señorío de Courtenay, y como muestra de agradecimiento por los beneficios recibidos del rey de Francia, participa como un cruzado más, y lucha al lado de San Luís frente a Damieta en Egipto.
La cruzada fue un fracaso que terminó con la captura de San Luís por el enemigo, quien se vio obligado a pagar un rescate colosal a cambio de su libertad, no volviendo desde oriente hasta el año 1254. Evidentemente, no estaba en condiciones económicas, ni de ningún otro tipo, como para rescatar reliquias.
El día 26 de julio de 1254, Balduino II huye de Constantinopla junto con tres mil latinos, la ciudad resulta incendiada por los griegos. En su huida, se refugia en Negroponto (Eubea), por aquel entonces, posesión veneciana, donde Otto de Circón le adelanta quince mil perpes de oro a cambio de una reliquia del brazo incorrupto de San Juan Bautista.
En su exilio, Balduino llegó a Francia, donde pudo conseguir alguna ayuda de su tío el rey para recuperar su imperio de los griegos, pero en ningún momento vuelve a hablarse del rescate de reliquia alguna. Si aún conservaba la Síndone en su poder, la habría empeñado para obtener recursos económicos de los que tan necesitado se hallaba. No es probable que la dejase en Constantinopla, ni que pretendiera reservarla para sí mismo, dada su situación de extrema necesidad. Parece pues seguro que la empeñó antes de 1261, ¿a quién? Intentaremos responder a esa interesante pregunta en la próxima entrega…
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