HISTORIA DEL SÍNDONE DE TURÍN

DURANTE LA EDAD MEDIA II

Por Alfonso Sánchez Hermosilla

Historiadores modernos como Ian Wilson, y especialmente M. Green, O.S.B. opinan que el llamado Mandilyon de Edessa, sobre el que existe tanta literatura bizantina, no sería una copia del original, sino la propia Síndone camuflada con cuatro dobleces, de modo que tan sólo fuese visible para los fieles el rostro, ocultando así, de una forma púdica, el resto del cuerpo desnudo, lo que habría dado lugar a la leyenda de la Verónica para justificar su existencia, silenciando así toda incómoda relación con un lienzo funerario.

Su presencia en un monasterio de cristianos Ebionitas, secta declarada herética, explicaría que la iglesia oficial pagano-cristiana de la propia Edessa desconociese su existencia. Por ese motivo no la menciona Eusebio a principios del siglo IV, ni Egeria a finales del siglo IV, ni la propia Escuela de Edessa entre los siglos IV y V. Desde este misterioso monasterio, al diluirse la secta Ebionita, entre los siglos IV y V, la reliquia viajó hasta otro monasterio de la misma secta, ubicado a orillas del Jordán, donde la localiza un Anónimo Piacentino, atribuido a San Antonio Mártir, (Antinini Piacentini Itinerarium, Perambulatio Locorum Sanctorum) en el año 570, quien manifiesta que no lo vio personalmente, pero que el “sudario que cubrió la cabeza de Jesucristo en el sepulcro” se conserva con gran secreto en una gruta de un convento situado a orillas del Jordán, y a donde la fueron a buscar los emisarios de Justiniano I en el año 537 con la orden de medir la estatura de Jesucristo, con la intención de colocar en el scevofilacio de la Catedral de Santa Sofía, en Constantinopla, construida bajo su reinado, una preciosa cruz revestida de oro, plata y piedras preciosas, “de la medida de Cristo”. Si el lienzo carecía de improntas, difícilmente podría haberse medido, y si la impronta era tan sólo del rostro, tampoco permitía medir su cuerpo. La única posibilidad es que se tratase de la Síndone de Turín, donde se aprecia la imagen a cuerpo completo. La mencionada cruz no se conserva en la actualidad, pero las referencias documentales de la época, atribuyen a Jesucristo una estatura de 183 centímetros, la que presenta, sobre poco más o menos, la medida de la impronta que se aprecia en la Síndone de Turín. No olvidemos la dificultad que supone medir un lienzo con una cierta elasticidad, pues no es rígido, ni está “planchado”.

En el año 580, San Leandro de Sevilla, (nacido en Cartagena), viaja hasta Constantinopla en auxilio de Hermenegildo, convertido al cristianismo, y que es atacado por su propio padre Leovigildo, quien mantiene la fe arriana. Allí, tuvo conocimiento de la existencia en Palestina de la Síndone con las improntas del cuerpo de Jesucristo. A su vuelta a la península modifica la fórmula de la liturgia hispánica con anterioridad al III Concilio de Toledo, en el año 589. En dicha reforma, de una especial relevancia a los lienzos mortuorios dejados por Jesucristo en el sepulcro, en los cuales aparecen vestigios de Cristo difunto en el preciso instante de la resurrección: “defuncti et resurgentis”.

Otro obispo español, San Braulio, muerto el año 651, en una de sus cartas, menciona, siquiera sea de forma indirecta la existencia de las reliquias, también conocemos su preferencia por usar la liturgia hispánica, al uso en la España visigótica y musulmana, que se desarrolló y completó en los siglos VI al VII, pero cuyas fórmulas de oración, muy probablemente se remontan hasta el siglo V, que mencionan explícitamente la existencia de estos lienzos. San Juan Damasceno, muerto el año 749, realizó una lista de cosas y lugares santificados por la presencia de Dios, o de Jesucristo, y que eran veneradas por los fieles de su tiempo como recibidas de los Apóstoles, entre ellas, señala los lienzos sepulcrales (tous syndonos) y las vendas (ta spargana).
El papa San Esteban III, en el año 769, en uno de sus sermones hace referencia al lienzo con la impronta de las imágenes anterior y posterior del cuerpo de Jesucristo, luego era conocedor de su existencia.

Hacia el año 808, el “Commemoratorium de Casis Dei vel Monasteris” recuerda que en Jerusalén eran necesarios los servicios de dos presbíteros y un diácono en la iglesia donde se conservaban la cruz y el sudario, es decir, en la iglesia del Santo Sepulcro.

También en el siglo IX, Jorge metropolita de Nicomedia, en uno de sus sermones, que ha sido conservado, da a entender que algunas de las reliquias de la pasión, entre ellas los lienzos de que nos ocupamos, se encontraban en Jerusalén, Una vez disuelta la secta Ebionita, la Síndone parece que volvió de nuevo a Jerusalén en el siglo VII, aunque Ian Wilson opina que Romano I Lecapene, emperador de bizancio, en el año 944, codicioso de la Síndone, consiguió que los Edessinos le entregasen la reliquia tras sitiar la ciudad y después de arduas negociaciones, a cambio de la vida de doscientos rehenes musulmanes (Recordemos que en el siglo VII Edessa había caído en poder de los musulmanes). Seguidamente, trasladó el lienzo hasta Constantinopla, donde fue recibido con gran solemnidad, paseado por sus murallas, para que al igual que en Edessa se volviesen inexpugnables, y conservado con gran veneración, exponiéndose al culto en la liturgia bizantina. Según el archimandrita Georges Gharil (Actas del II Cong.) el ladrillo con la impronta, de que ya habláramos anteriormente, llegó a Constantinopla durante el año 968.  

A finales del siglo X, Juan el Geómetra, sacerdote de Constantinopla, menciona explícitamente la imagen de Jesucristo marcada en la reliquia, pero no especifica donde se hallaba, aunque parece razonable suponer que si estaba en la ciudad imperial donde residía, lo habría mencionado en sus escritos. A primeros del siglo XI, Epifanio, monje agiopolita, en su “Descripción de Siria, de la Ciudad Santa y de los Santos Lugares que en ella existen”, afirma que en la basílica constantiniana erigida sobre el Gólgota y el Santo Sepulcro, se custodiaban las reliquias más insignes de la pasión, entre las que menciona a la Síndone.     

En la Síndone se aprecian inscritas en diversos lugares, unas palabras en alfabeto latino, minúsculas, que has sido fechadas en el siglo XI, concretamente SNCT ISSIE y IESY, lo que se ha traducido como SANCTISSIME IESSU, parece razonable suponer que si la reliquia estaba en Constantinopla en ese momento, la inscripción se habría hecho en griego, no en latín. Todo lo anteriormente enunciado, nos permite aventurar que todas estas reliquias insignes fueron trasladadas a Constantinopla durante la segunda mitad del siglo XI.

Pero volvamos atrás en el tiempo. Los Ebionitas e incluso los nazareos, aún imbuidos de la cultura judía, seguidores como sabemos de la ley mosaica durante muchos siglos, miraban con repugnancia todo lo tocante a la muerte, incluida la sangre, al considerarla impura, lo que explicaría el que se evitase cuidadosamente representar la sangre y los signos de muerte en las imágenes religiosas, reparos de los que carecían los judíos-cristianos ortodoxos.

Continuando con los datos históricos de que disponemos, sabemos que durante el año 614, Jerusalén fue tomada por Cosroes II, rey de los Persas, devastando la ciudad a continuación con especial saña, sobre todo por parte de los veintiséis mil judíos voluntarios que formaban parte de su ejército, y a los que se les dio carta blanca para hacer lo que le apeteciese tras la conquista, lo que justificaría, siquiera sea parcialmente la espectacular matanza de cristianos, estimada en unos noventa mil, de entre los que, al menos dos mil monjes fueron asesinados tan sólo en el monte olivete. Quemaron y destruyeron la práctica totalidad de los templos cristianos levantados en Palestina, de los que sólo se salvó la Basílica de Belén sobre el nacimiento, erigida por Constantino y reconstruida por Justiniano I.

Pues bien, tras la conquista de Jerusalén, Cosroes II, como parte del botín de guerra, se llevó el gran fragmento de la vera cruz dejado allí por Santa Elena, que fue rescatado poco después por el emperador Heraclio I, quien venció a los persas en el año 627, y les obligó a devolver la cruz en el año 629. Nada dicen las crónicas de los lienzos funerarios de Jesucristo, pero tampoco sobre los clavos, la lanza, la corona de espinas y otras reliquias relacionadas con la pasión, y que “reaparecen” en Jerusalén años después, de modo que, o no se veneraban en esta ciudad, o fueron puestas a salvo antes de la ocupación. Como consecuencia de los hechos narrados, Heraclio I prohibió a los judíos residir en Jerusalén, y reconstruyó gran parte de los santuarios y lugares de culto destruidos por los persas.

Pasados unos años, concretamente en el año 638, el ejército árabe ataca de nuevo Jerusalén, en esta ocasión el patriarca San Sofronio, si se sabe, y citamos textualmente “recogió las reliquias de Cristo y las mandó de noche a la costa para que fueran trasportadas a Constantinopla. No debían caer de nuevo en las manos de los infieles”. Poco después, el propio San Sofronio constató el respeto que los árabes sentían por el culto y los lugares sagrados cristianos, por lo que retractó la orden de traslado, y las reliquias volvieron a Jerusalén. Nos cuentan las crónicas que tras cuatro meses de asedio, y perdidas ya todas las esperanzas, San Sofronio pactó una honrosa rendición con quien lideraba las tropas árabes, Omar, consiguiendo, entre otras prebendas, que los cristianos conservarían sus iglesias. Se da el hecho de que durante una visita de Omar a una iglesia, al comenzar los oficios, el árabe, respetuoso, se retiró discretamente para evitar ocasionar conflicto alguno. La tolerancia árabe era tal, que las peregrinaciones cristianas a Jerusalén pudieron continuar sin solución de continuidad.

No sabemos como llegó la Síndone a Edessa, pero según Arculfo de Perigueux, obispo franco venido de Dordoña a Palestina hacia el año 670, quien afirma haber visto y besado la Síndone y no un Sudario cualquiera, junto a otros muchos fieles, durante su estancia en Jerusalén. En aquella época, la Síndone se exponía a los fieles en posición vertical, colocada sobre un travesaño, de modo que fuesen bien visibles la imagen anterior y la posterior, sin embargo, el obispo franco no hace mención a la sangre, ni a las improntas, lo que puede deberse a dos hechos, o bien no se trataba de la Síndone, sino de cualquiera de los otros lienzos funerarios, también rescatados del Sepulcro, uno de los cuales se conserva en la actualidad en la Catedral de Oviedo, aunque este último si presenta manchas de sangre, o bien, se trataba de una de tantas reliquias “santificadas por contacto”, esta vez sin pintar, y de las que sabemos que se prodigaban en aquella época. No sería sorprendente que las autoridades protegiesen la auténtica, y expusiesen a los fieles, una copia. Parece evidente, basándonos en las descripciones de los lienzos de los documentos históricos de que disponemos, que existían al menos dos lienzos funerarios expuestos al culto, uno de ellos se conoce como Síndone de Blanquernas, por conservarse en la Basílica de Santa María de Blanquernas durante la toma de Constantinopla a lo largo de la cuarta cruzada, de la que hablaremos en su momento, y el otro lienzo se conoce como Toalla-Mandilyon de Bucóleon.

Pues bien, según su testimonio, un judío creyente (cristiano), robó en secreto la mortaja de Jesucristo después de la resurrección manteniéndola en secreto en su domicilio un tiempo, hasta que años después llegó a ser de dominio público. A pesar de ello, la fueron heredando sucesivamente hasta la quinta generación, en que a falta de herederos “fieles”, pasó a manos de “judíos infieles” (¿herejes Ebionitas?), quienes a pesar de su infidelidad, la conservaron con veneración, pues incluso Dios bendecía por su mediación cuantas empresas emprendían, hasta hacerse ricos.

Llegó un momento en que los judíos fieles les reclamaron la Síndone, litigando para obtenerla, lo que ocasionó que la población de Jerusalén se dividiese en dos bandos, los “fieles” y los “infieles”. Hasta que el Califa Mauias (Mohawia I, fundador de la dinastía de los Omeyas, subió al trono en el año 661, trasladó su trono a Damasco y reinó hasta el año 680) ordenó que le trajesen el lienzo, y una vez en su poder, mandó arrojarlo al fuego en medio de una gran hoguera, con la pretensión de que fuese Jesucristo quien decidiese para que facción sería su posesión.

Lo cierto y verdad es que el fuego no pareció tocar la reliquia, que flotando sobre las corrientes térmicas generadas por el calor, voló hacia lo alto, se cernió sobre las cabezas de los contendientes, para finalmente, bajar poco a poco y quedar a los pies de los “fieles”, quienes la recogieron con gran alegría, la cubrieron con otro lienzo, la introdujeron en una urna, y la guardaron en la iglesia. Siempre según Arculfo, todo esto ocurrió unos tres años antes de su llegada a Jerusalén, en el año 670. Este relato no puede tomarse “a pies juntillas”, pero demuestra que la reliquia venerada en Jerusalén en el siglo VII, era considerada por su población como auténtica, no un lienzo santificado por contacto con el original.

Diferentes testimonios ubican las reliquias en Jerusalén entre los siglos VIII y XI y no en Constantinopla. De hecho, tras la toma de Jerusalén por Omar, con el paso de los años, la expansión bizantina por Asia, tuvo como consecuencia que la situación de los cristianos no hiciese sino empeorar, sobre todo por la natural simpatía que despertaba entre ellos los éxitos militares bizantinos.

Como consecuencia de todo ello, en el año 969, Jerusalén cayó en manos de Alhacén, sexto califa fatimita. El año 1010 el califa Al-Hakem hizo demoler la iglesia del Santo Sepulcro, incendiando los edificios existentes, sin embargo el califa Almustansir (1036-1049) permitió su reconstrucción, aunque finalmente, fue el emperador bizantino Constantino Monocoro quien la reconstruyó en 1048.Años después, concretamente en 1092, los turcos selyúcidas se adueñan de Palestina, oprimiendo severamente a los cristianos, a los que incluso llegan a prohibirles su culto, saquearon sus iglesias y cometieron graves tropelerías y asesinatos. Lo que dio lugar a que occidente emprendiese la Primera Cruzada. Tras la reconquista por enésima vez de Jerusalén, en 1099 surge el Reino Latino de Jerusalén, pero la Síndone ya no estaba allí, pues desde 1092 estaba en Constantinopla junto con todas las reliquias significativas que aún se conservaban en Jerusalén. Probablemente, fue trasladada de forma secreta hacia el año Fechada precisamente en el año 1092, se conserva una carta remitida por Alejo I Comneno desde Constantinopla a Roberto, conde de Flandes, donde recomienda encarecidamente que los cristianos de occidente ocupen Constantinopla antes de que caiga en poder de los paganos, “pues en ella se conservan preciosísimas reliquias del Señor”. Entre ellas, enumera los lienzos encontrados en el sepulcro después de la resurrección. Sobre la autenticidad de la carta, no parecen ponerse de acuerdo los historiadores, sin embargo, todos convienen en que la lista de reliquias, si parece auténtica. En 1147, el rey de Francia, Luís VII, durante su viaje a tierra santa, pasó por Constantinopla, visitando así al emperador Manuel Comneno.

El cronista Juan Cinnamo en el libro 2º de su historia, nos relata como el emperador, llevó al rey francés a la basílica de Santa María de Blanquernas para visitar las reliquias insignes conservadas allí, describiéndolas como “aquellos objetos que fueron aplicados al salvífico cuerpo de Cristo”, en clara alusión a los lienzos funerarios.

Entre los años 1151 y 1157, Nicolás Saemundarson, abad benedictino del monasterio de Thingeyrar, sito en Islandia septentrional, afirma haber visto con sus propios ojos el Palacio de la Síndone, describiendo la reliquia como una tela de lino basto. Elaboró un catálogo en el que menciona “las vendas con el sudario y la sangre de Cristo” (fasciae cum sudario et sanguine Christi). Lo que nos parece muy elocuente.

En 1171, Guillermo, arzobispo de Tiro, en su “Historia rerum in partibus transmarinis gestarum”, relata la visita que realizó Amalrico I, también conocido como Amaury I, quinto rey latino de Jerusalén a Manuel I Comneno de Constantinopla. En su manuscrito, describe la magnífica acogida de que disfrutó el monarca, así como el fausto de la corte, y los regalos que se intercambiaron. Hasta el extremo de que el Emperador, deseando agasajar a su ilustre invitado, decide mostrarle lo que no enseñaba a nadie, concretamente “el interior de su palacio, aun las partes más intimas sólo abiertas a sus domésticos, destinadas a los usos más secretos, las basílicas inaccesibles a la gente, los tesoros y recuerdos más apreciables de sus antepasados”. “No hay arcano, ni secreto guardado desde los tiempos de los ilustres Constantino, Teodosio, Justiniano, en lo más recóndito de la sagrada mansión que no se le mostrase familiarmente”. Sin embargo Guillermo de Tiro no hace mención alguna de las improntas, lo que los historiadores interpretan como que las reliquias que se les mostraron, no fueron extraídas de sus cofres. Si tal cosa ocurrió con tales peregrinos, no es de extrañar que otros menos insignes no pudiesen disfrutar de tal privilegio. 

En 1201, refieren las crónicas que, unos facinerosos bajo las órdenes de Juan Comneno, pretendían profanar al capilla imperial de Santa María del Faro, sita en el templo del Gran Palacio, sin embargo, el encargado de su custodia, Nicolás mesarites, les increpó, recordándoles categóricamente que allí se custodiaban los lienzos funerarios de Jesucristo (entaphioi Sindônes Christou), aprovechando la ocasión para hacer un pormenorizado inventario de las reliquias de que era custodio, concretamente “la corona de espinas, el precioso clavo, el flagelo de hierro, las síndones sepulcrales de Cristo, la toalla con que Jesús lavó los pies de los apóstoles, la lanza, el vestido de púrpura, la caña, las sandalias y la piedra del sepulcro”. Describe los lienzos funerarios de la siguiente manera “son de lino, de una tela que, al contacto con la mano, se puede llamar común… Huelen todavía a mirra, y desafían la destrucción por haber envuelto, después de la pasión, el cuerpo desnudo y embalsamado del inefable Muerto”. No se mencionan sin embargo las improntas, pero el hecho de que especifique “el cuerpo desnudo del muerto, parece indicar que lo había visto, pero que por un sentido púdico se negó a referirlo de forma tan explícita. De estos hechos, deduce Pietro Savio, Archivero del Archivo secreto del Vaticano, que no se trataba de un sólo lienzo, sino del Sudario y la Síndone.
A partir del año 1202, la Síndone es trasladada a la basílica de Santa María de Blanquernas, sita en otro palacio imperial, donde era desplegada y expuesta de pie cada viernes a la veneración de los fieles, sin distinción de clases sociales. Ya no estaba limitado su acceso a visitantes insignes tan sólo.
Al año siguiente, 1203, tiene lugar la toma de Constantinopla por parte de los ejércitos de la IV Cruzada, pero esa, será otra historia…