HISTORIA DEL SÍNDONE DE TURÍN
DURANTE LA EDAD MEDIA |
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Por Alfonso Sánchez Hermosilla |
La Síndone de Turín, es más conocida como Sábana Santa de Turín, la que sin duda es la más popular, y controvertida de todas las reliquias de la cristiandad. La polémica está servida desde el comienzo de la historia de este lienzo, que desafía, aun en la actualidad, incluso a los últimos conocimientos científicos. El nombre de Síndone, procede etimológicamente de la voz griega Syndon, y que textualmente significa Sudario, dicha palabra se ha popularizado en el ámbito de los estudiosos del lienzo, entre los que se encuentran historiadores, físicos nucleares, químicos, microbiólogos, botánicos, criminalistas, numismáticos, documentalistas, etnólogos, médicos, fotógrafos, teólogos y forenses, lo que ha dado lugar a una nueva disciplina científica, la Sindonología.
Tras la polémica “Crisis del Carbono 14”, que databa la reliquia en la Edad Media, con un margen de error de cien años, sus detractores encontraron por fin un argumento científico (¿?) con el que demostrar que nunca pudo envolver el cadáver de Jesucristo, desoyendo el informe oficial en el que se afirmaba que, aunque los resultados eran los que reflejaban las técnicas aplicadas, ese resultado no demostraba la falsedad de la reliquia, lo que se demostró a continuación sometiendo a lienzos, previamente datados en el siglo primero de nuestra era, sin valor arqueológico, a situaciones similares a las que ha sufrido la Síndone, y que iremos conociendo a lo largo de esta serie de artículos, descubriendo que la datación con el método del Carbono 14 deba resultados muy similares a los de la reliquia.
Más recientemente, un autor ha querido ver en el parecido entre una representación del rostro del cadáver del anciano Maestre Templario Jacques de Molay, y el rostro de la Síndone, la prueba de que, en efecto, es un lienzo mortuorio medieval, usado para cubrir el cadáver del Maestre, para ello, manifiesta que un cadáver calcinado, aparenta mucha menos edad que la que le corresponde cronológicamente, lo que no deja de ser cierto. El único problema que presenta tan original teoría es que el venerable Maestre, además de ser torturado durante su reclusión, murió quemado en la hoguera, concretamente en la parisina Isla de los Judíos, y que el fuego, habría calcinado todo el vello corporal, el cabello, la barba y el bigote, pero además, habría hecho desaparecer toda la sangre, así como las lesiones tumefactas e inflamadas, que tan visibles resultan en el rostro de la Síndone, luego no pudo dejar esas improntas después de su muerte. Pero además, la muerte en la hoguera, habría dejado unas lesiones características, que también serían visibles en la Síndone, y que sin embargo, no aparecen, tales como la denominada en el ámbito forense “posición en boxeador”, pues como consecuencia de la intensa rigidez cadavérica, ocasionada por la coagulación de la masa muscular ocasionada por el calor, el cadáver adopta una posición encorvada, que recuerda la que podemos apreciar en un boxeador durante un combate. Dicha posición es imposible reducirla sin fragmentar el cadáver del modo en que aparece en la Síndone, de modo que tampoco podría haber ocurrido, pues dicha fragmentación sería también visible. |
Y por último, en el caso de que no se calcinase el cadáver, aun en el mejor de los casos, presentaría extensas lesiones superficiales por quemaduras, con grandes ampollas, y exfoliación de grandes segmentos cutáneos, algunos de los cuales, incluso se habrían adherido al lienzo mortuorio, lo que tampoco ocurrió, pues no se detectan porciones significativas de tejido epitelial en la Síndone, a pesar de que las más modernas técnicas forenses, han investigado cada uno de los rincones y pliegues del lienzo. |
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Pero además, al desafortunado Maestre, antes de morir, debieron coronarlo de espinas, luxarle la nariz, golpearlo hasta la extenuación, y crucificarlo hasta morir, para después de muerto, alancearle el costado derecho, provocándole esta herida siendo ya cadáver. El resto las recibiría aun con vida. De otro modo, no habrían podido dejar esas improntas tan visibles en la Síndone. En honor a la verdad, diremos que, con toda seguridad, el venerable anciano fue salvajemente torturado antes de llevarlo al suplicio de la hoguera, pero en el poco probable caso de que fuese crucificado, tal extremo habría sido recogido por los cronistas de la época, lo que no ha ocurrido por la sencilla razón, de que no fue crucificado.
En cuanto a la imagen del rostro muerto de Jacques de Molay, en el hipotético caso de que en efecto sea la suya, debemos reconocer que presenta cierto parecido con el rostro del hombre de la Síndone, sin embargo, un detallado estudio, especialmente si se usan técnicas antropométricas, revela que son mayores las diferencias que las similitudes, especialmente en la nariz, cejas y pómulos. De modo que, aunque a algunos pueda resultar atractiva esta teoría, queda muy lejos de la realidad,careciendo de todo fundamento científico. Alguien versado en ciencia forense, podría decir que tal vez no murió calcinado, sino sólo asfixiado por el dióxido de carbono, pero entonces, no se justificaría que el anciano Maestre aparentase poco más de treinta años, dicho efecto rejuvenecedor no se produce por ninguna intoxicación.
Antes de entrar en materia, haremos previamente un somero repaso histórico a los diversos avatares por los que atravesó la Síndone antes de llegar a la edad media, y a las fechas de su “supuesta falsificación”. En primer lugar, debemos aclarar que durante los primeros siglos, existe poca información, y dentro de lo escasa que resulta, aparece como contradictoria, cuando no de reducida credibilidad.
A esto debemos añadir el hecho de que desde el principio, en los evangelios, por ejemplo “El Evangelio de los Doce Apóstoles”, se diferencia entre los othónia (lienzos) y las keiríai (vendas) con que se amortajó el cadáver de Jesucristo, lo que sin duda añade complejidad a la interpretación de las referencias documentales históricas, pues la mayoría de los cronistas, no suelen especificar en sus escritos a cual de estas reliquias se refieren, aunque no debemos olvidar que tan sólo una de ellas presenta la imagen a cuerpo completo, hecho que sin duda llamaría la atención del observador y así lo haría constar en sus escritos. Por tal motivo, la mayoría de los historiadores consideran que los textos que hacen referencia a alguna de estas reliquias, pero que no mencionan la imagen, se refieren, con toda probabilidad al resto de vendas y lienzos.
Y por si fuera poco, la Síndone, durante los primeros cinco siglos de su existencia, fue copiada, que sepamos, un mínimo de cien veces, con objeto de obsequiarle una a cada peregrino ilustre que acudía a venerarla. A continuación, y pasados los siglos, algunas de estas copias han sido tenidas por auténticas, a pesar de que una observación cuidadosa, detecta fácilmente que se trata de pinturas, no del original. En cualquier caso, tales hechos también añaden complejidad a la investigación histórica de la reliquia.
En los años inmediatamente posteriores a la muerte de Jesucristo, los historiadores se decantan por dos teorías, sin llegar a ponerse de acuerdo sobre cual de ellas resulta más verosímil. Una de ellas sitúa la reliquia en la corte del rey Abgar V, mientras que la otra la ubica en algún monasterio ebionita de Edessa, la actual Urfa, en Turquía. En ambos casos, se da la coincidencia de que sus poseedores eran considerados heréticos, cuando no paganos, por la autoridad religiosa paleocristiana.
Pero entremos en materia. En el año 66 de nuestra era, con ocasión de las desavenencias ocurridas en Cesarea ente helenistas y judíos, Roma despojó a los últimos de la igualdad de derechos con respecto a los griegos, igualdad de que disfrutaban hasta esa fecha. Este hecho aislado, fue la última gota que colmó el vaso de la paciencia de la provincia más levantisca del Imperio Romano, provocando una nueva sublevación promovida por los zelotes, y que se propagó por toda palestina.
La Torre Antonia fue asaltada, y su guarnición pasada a cuchillo. No corrió mejor suerte el ejército enviado desde Siria para sofocar la rebelión, que resultó derrotado en los desfiladeros de Bethoran a veinte kilómetros al Noroeste de Jesuralen en octubre del año 66.
En el año 67, Nerón envía a su mas afamado general Tito Flavio Vespasiano, quien junto con su propio hijo, tomó cada ciudad rebelde, hasta que Vespasiano volvió a Roma para ser proclamado emperador a primeros de Julio del 69, pero Tito las reanudó en la primavera del año 70, durante la Pascua, momento en el que rebosaba de forasteros que habían acudido a cumplir con sus ritos religiosos, donde se presentó con un ejército de ochenta mil hombres. Inicialmente, intentó llegar a un acuerdo pacífico, pero no tuvo éxito, de modo que asalta la ciudad y toma la parte baja, para a continuación, rodear al resto de Jerusalén con un muro, y someter a la población civil y militar, allí acorralada, a un largo asedio, para ello, sus legionarios, abrieron en tres días un foso de 7.215 metros de perímetro |
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De este modo, alrededor de dos millones setecientas mil personas, sufren las consecuencias del hambre y las epidemias. La situación llegó a ser insostenible, hasta el extremo de que incluso las madres degollaban a sus propios hijos para comérselos a continuación, lo que puede darnos una idea del verdadero alcance de la desesperación de los asediados.
El 5 de Julio del 70, cae la desesperada defensa rebelde de la Torre Antonia. Tito propone respetar el Templo si la rendición es inmediata, pero al no ocurrir ésta, el 15 de Agosto del 70, lo ataca, incendia y destruye. Algunos rebeldes se refugian en los subterráneos del palacio de Herodes en el monte Sión, hasta que el hambre les hace salir, con lo que el 7 de Septiembre del 70, Tito domina toda Jerusalén.
En Lucas (19, 37-44), podemos leer que Jesús profetizó: “al trasponer la loma del monte de los Olivos… viendo la ciudad, lloró (Jesús) sobre ella diciendo: ¡Si conocieras también tu, al menos en este día, lo que lleva a tu paz! Mas ahora queda oculto a tus ojos. Días vendrán sobre ti en que tus enemigos te rodearan con un foso, te opugnarán, y te estrecharán por todas partes. Te arrasarán y estrellarán contra el suelo a tus hijos que están en ti. No dejarán en ti piedra sobre piedra. Todo porque no has reconocido el tiempo de tu visitación”. Curiosamente, el foso de Tito, pasó años después, sobre poco más o menos, por el mismo sitio en que Jesús pronunciara estas proféticas palabras.
No es de extrañar pues, que la comunidad cristiana de Jerusalén, anticipándose a los acontecimientos, se marchase antes de que las sangrientas represalias de Tito se materializasen, ocasionando la muerte de 600.000 judíos según Tácito, y un millón según Flavio Josefo. Un grupo, liderado por Simón, sucesor de Santiago, se refugió en Pella, en la Trasjordania, a unos cien kilómetros al nordeste de Jerusalén.
Cuando acabaron las hostilidades, la comunidad cristiana volvió a Jerusalén, descubriendo el estado ruinoso de la ciudad, de la que tan sólo quedaba en pie el Cenáculo, por lo que emigra nuevamente, aunque en esta ocasión se fragmenta. Una parte se instala en la zona del Jordán, otra en Alejandría, otra en Antioquia y la última regresa a Pella. La gran iglesia de Jerusalén fue así decayendo a partir del año 70.
Debido a sus especiales condiciones de aislamiento, las poblaciones del Jordán, y especialmente las de Pella, permitieron dar origen al grupo disidente de los nazareos, que pretendían imponer la ley mosaica, incluso a los cristianos procedentes del paganismo, y que en los Hechos de los Apóstoles, así como en las Cartas de San Pablo, son llamados judaizantes, también se origina, debido a las mismas condiciones de aislamiento, la secta herética de los ebionitas (ebionim en hebreo significa “los pobres”), quienes no creían en la divinidad de Jesucristo, y que nunca tuvo muchos adeptos.
Actualmente, no podemos precisar con exactitud cual de los diferentes grupos pudo llevarse la Síndone consigo, la investigación de los granos de polen, ciencia conocida como Palinología, admite la posibilidad de que fuesen tres, la de Jerusalén, la del Jordán, o la de Pella.
En el hipotético caso de que el lienzo volviese a Jerusalén, entre los años 132 y 135, tiene lugar una nueva guerra, que pone a los judíos otra vez contra las cuerdas, lo que habría hecho que la Síndone emigrase nuevamente, lo que no era necesario si se conservaba en Pella o en el Jordán.
Lo cierto y verdad, es que en cualquier caso, la reliquia fue conservada en manos judío-cristianas, quienes la custodiaron en el más absoluto de los secretos, como a un preciado tesoro, no volviendo de momento a Jerusalén, ni siquiera en el siglo IV, después de la paz constantiniana. Las persecuciones a que fueron sometidos los creyentes en diferentes ocasiones, no eran propicias para exponerse abiertamente al martirio y a la muerte, por lo que no se prodigaban las representaciones externas, que en todo caso eran tan solo simbólicas: un pez, un áncora de navío, una paloma con una ramita de olivo en su pico, y mucho menos las reliquias, tales como los lienzos mortuorios de Jesús.
En el año 325 Jerusalén comenzó a ser ya Sede Patriarcal, y poco después, en el año 347, diversas reliquias relacionadas con la pasión de Jesucristo, se conservan en Jerusalén, pero la mayoría de ellas, y en especial la Cruz, habían sido fragmentas en multitud de diminutas porciones, diseminándose a continuación, con el objeto de ser veneradas en infinidad de iglesias y monasterios, tanto en oriente, como en occidente.
Pues bien, a pesar de la multitud de peregrinos que acuden a Jesuralen, ninguno hace mención a la Síndone, por ejemplo, el anónimo peregrino conocido como “El Peregrino de Burdeos”, en su crónica del año 333, a pesar de describir la Basílica levantada por Constantino sobre el Santo Sepulcro, la califica de mirae pulchritudinis (de admirable belleza), pero no hace mención a lienzo alguno. Tampoco lo hace San Cirilo, a la sazón patriarca de Jerusalén entre los años 350 y 386, aunque sí la menciona en sus Homilías, sin duda, conocedor de su existencia, no hace referencia a que se venere en Jesuralen, por el contrario, si menciona la presencia de la piedra de pórfido rojo sobre la que, según la tradición, fue azotado Jesucristo. Ni siquiera la famosa y andariega peregrina española, conocida como la Monja Egeria, durante su larga y provechosa estancia en los santos lugares, hace referencia a la Síndone entre los años 381 y 383, aunque sus escritos están datados entre los años 393 y 396. Pues bien, a pesar de haber visitado una gran cantidad de santuarios, monasterios, lauras y oratorios de anacoretas, no menciona la presencia de la Síndone en Jerusalén. Así como tampoco lo hace San Jerónimo que visita la ciudad santa en el año 385.
Para terminar de complicar la historia, el “Evangelio de Gamaliel”, recientemente descubierto, y escrito en Egipto en el año 450, da gran relieve a los lienzos funerarios de Jesucristo, pero, desconocedor de cual pudo ser su destino final, especifica que fueron llevados al cielo por los ángeles.
En opinión del historiador Paul Vignon, en su obra “Le Saint Suaire de Turín devant la Science, l´Archeologie, l´Histoire, l´Iconografie, la Logique”, mantiene que la reliquia encontró refugio en algún monasterio próximo a Edessa, la actual Urfa, en el sur de Turquía, la que probablemente fue la más antigua iglesia de mesopotámia, llegando a ser el más importante centro cristiano de Siria, ciudad santa a la que acudían multitud de monjes a practicar vida de eremita en las cavernas de sus inmediaciones, y donde las comunidades cristianas, no fueron perseguidas durante los primeros cinco siglos de nuestra era.
Lo que sí sabemos con certeza, es que de aquí proceden diferentes copias, conocidas genéricamente como “Santa Faz”, que se confeccionaron en distintas ocasiones, con el fin de ser entregadas a diferentes personajes notables, y peregrinos ilustres, lo que de alguna manera, no ha dejado de ocurrir incluso en nuestros días. Muchos de estos iconos y copias, tomaron como original al conocido como Mandilyon Acheiropoíeton de Edessa, que según la “Doctrina de Addai el Apóstol”, hacia el año 400, no había sido pintado por mano humana. Lo habitual, era que tras ser pintadas, una vez secos los pigmentos, la copia se “santificaba” por contacto con la Síndone original, con lo que ya estaba lista para ser entregada a su feliz propietario, con un documento adjunto en el que se acreditaba que era copia del original, y que además, se había “santificado por contacto”, es decir, que no era una copia sin más valor que el pictórico, sino que por el contrario, tenía un gran valor religioso.
El mismo origen tienen las imágenes de Kamuliana, de Cesarea Mazaca, (ambas en Capadocia) y la de Diobalion, originando así un cambio radical en las representaciones del arte sacro oriental, lo que resulta más que evidente si observamos el parecido entre los iconos bizantinos del siglo IV y V, e incluso anteriores,aunque en menor medida, con el rostro aun visible en la Síndone.
Muchas de estas “Santas Faces” no se han conservado, no han superado los avatares históricos, otras no son conocidas más que por un pequeño grupo de investigadores, algunas son consideradas por la población en la que se conservan como reliquias auténticas, a pesar de que claramente son obras pintadas, con más o menos acierto, en función de la habilidad del artista, y del estilo pictórico predominante en la época en que se confeccionó, y por último, algunas de ellas, de muy buena calidad, pueden pasar por auténticas, hasta que las observamos de cerca, y apreciamos los pigmentos, la direccionalidad en el trazo, y las pinceladas. En estas ocasiones, los documentos que acreditan su procedencia y origen, han desaparecido, la mayor parte de las veces, de forma fortuita, y en otras, porque así convenía, pues no olvidemos que toda reliquia trae consigo peregrinaciones, es decir, entrada de divisas, a la población que la posea y exhiba. No se nos ocurre nada más atractivo que el lienzo funerario de Jesucristo, en el que además de su sangre, se aprecia su rostro, y más aún, la imagen completa de su cuerpo, siendo visibles todos y cada uno de los estigmas de la pasión. ¡El morbo está pues servido!
Intentando clarificar conceptos, nuevamente la Palinología nos dice de forma incuestionable que la Síndone fue expuesta en Edessa durante un tiempo. Dicho polen aparece por todo el lienzo, luego no se exponía plegada, sino extendida, lo que a su vez explicaría los Pantocrátor, de facciones antropométricamente idénticas al rostro de la Síndone, y además cojos de la pierna derecha (los artistas desconocían que se trataba de una imagen en negativo), del siglo V y anteriores, pues en la reliquia original, la pierna izquierda aparece más corta que la derecha, como consecuencia de la rigidez cadavérica, pues al usar un solo clavo para ambos pies, el izquierdo se clavó sobre el derecho. En ocasiones, se representaba un tercer travesaño oblicuo en los pies (subpedaneum inclinado). Tampoco se explicaría el testimonio del Talmud de finales del siglo IV, que llama a Jesucristo “el cojo”.
Una segunda teoría, con menos partidarios entre los historiadores, sostiene que la Síndone llegó hasta los descendientes de Abgar, aunque mantuvieron en secreto el origen de su “Santa Faz”, lo que dio origen a que a finales del siglo IV surja la leyenda de que Hannan (Ananías), pintor y archivero de la corte, quien siempre según “la Doctrina de Addai el Apóstol”, fuese enviado por el rey Abgar V Ukâma (el negro), quien enfermo incurable de lepra, además de anciano, y sabedor de los milagros y curaciones que realizaba Jesucristo durante su vida pública, le pedía por escrito, en forma de misiva, que viajase hasta su reino, y le curase, dicha petición sería denegada, también en forma de misiva, que sería llevada de vuelta asimismo por Hannan, quien no queriendo volver a la corte del rey Abgar V con las manos vacías, pintase un retrato. Estos hechos debieron ocurrir, caso de ser ciertos, antes del año 50, fecha en la que falleció el enfermo rey Abgar V. San Juan Damasceno, ya en el año 730 completa la leyenda, y relata que ante la incapacidad de Hannan para pintar un retrato aceptable, conmueve a Jesucristo, quien toma el lienzo, lo aplica a su rostro, y milagrosamente, se imprime su rostro, lo que consolida la creencia de que no fue realizada por mano del hombre. Otra versión, tan poco creíble como la anterior, mantiene que el lienzo se aplicó al rostro de Jesucristo ya cadáver tras la crucifixión, imprimiéndose la imagen de forma milagrosa.
Dicha imagen permaneció oculta, y de ella nada sabemos hasta que, en el siglo VI, concretamente en el año 544, durante la guerra de Cosroe, fue paseada por la muralla, atribuyéndose a esto la victoria, de forma milagrosa.
Otra leyenda que intenta justificar esta larga ausencia de noticias de la Síndone, menciona que Manu, un sucesor de Abgar V, en el año 57, no abrazando el cristianismo, volvió al paganismo y pretendía destruir la reliquia,sin embargo, el obispo de la ciudad, logró ocultar el lienzo en el muro situado en la parte superior de la puerta occidental de la ciudad, junto con una lámpara y cerrado con un ladrillo. En el año 544, durante el asedio de Cosroe, Eulalio, el nuevo obispo de Edessa, tiene una visión durante un sueño, en la cual una mujer le revela el escondrijo. Al día siguiente, busca el ladrillo, y cuando lo encuentra, lo retira, para descubrir que la mencionada lámpara aun esta encendida de forma milagrosa, pero además, la cara del ladrillo en contacto con el lienzo también tenía la imagen del rostro. Sobre el ladrillo, volveremos en Constantinopla muchos años después.
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