Volver

LAS ORDENES MILITARES

PRIMERA PARTE

1 | 2 | 3

Por Rafael Abel Díaz Balaguer

 

I - ANTECEDENTES - LAS CRUZADAS

 

Las primeras cruzadas tuvieron por escenario las tierras de la España musulmana perdidas en el siglo VIII por los godos.
"Cruzadas", es decir, expediciones guerreras al servicio de la Cruz que tenían como justificación reintegrar a la Cristiandad países y gentes por entonces sujetos al Islam, nueva y victoriosa fe. Una "cruzada" era, propiamente hablando, una "guerra santa", amparada por la Iglesia Católica. Las Cruzadas pusieron en contacto los dos extremos del Mediterráneo y fueron oficialmente proclamadas acción dilecta del Papado, por decisión de Urbano II, en el año 1095, durante un sínodo celebrado en Clermont-Ferrand. Su objetivo era recuperar la Tierra Santa. La primera expedición guerrera convocada por Urbano II ponía rumbo al Imperio Romano de Oriente, a tierras de Bizancio, para intentar la conquista de Jerusalén, lograda en 1099. Pero, un treintenio antes, en 1064, el papa Alejandro II había concedido la remisión de sus pecados a quienes acudieran a luchar contra el Islam en España. Cuando la fascinación del Oriente invadió también las tierras de España, el pontífice recordó de modo expreso a los guerreros hispanos que debían atender con prioridad la lucha en su propia patria contra los aguerridos almorávides. En 1118, un Concilio reunido en Toulouse confería a su campaña carácter oficial de "cruzada".
Instrumento original nacido de las Cruzadas fue el de las Ordenes Militares. En cierto sentido, no eran creación cristiana. Hubo también milites musulmanes que hacían vida monástica en sus características rábidas, entregados a fines parecidos. En la Cristiandad, la vida monástica y el difundido ideal de la Caballería, sujeto a normas morales y religiosas que llegaron a formar un singular código, produjeron una "milicia de Cristo", que alcanzó su más cumplida expresión en Ordenes religiosas combatientes como las del Santo Sepulcro, del Hospital de San Juan y del Temple, las tres con centro inicial en la Jerusalén reconquistada. Estas poderosas organizaciones, prácticamente autónomas, regidas por estatutos propios y con recursos ingentes, actuaron también en las Cruzadas hispanas.

 

II - ORIGEN Y TIPOS DE ÓRDENES MILITARES

Se ha discutido a menudo el remoto origen ideológico de este tipo de agrupaciones, que para algunos se encontraría en la cristianización del concepto islámico de "Yihad" o guerra santa, mientras que para otros estaría ligado simplemente al de peregrinación y cruzada. Sea como fuere, parece que su modelo institucional se encuentra no solo en el monacato, sino también en la cofradía hospitalaria, asociada con frecuencia al mundo de las peregrinaciones. Por descontado que la presencia conjunta de elementos que exaltaban la violencia, con otros que apostaban por el amor y la tolerancia, no sólo no era considerada contradictoria en la época sino que se entendía como característica de uno de los modelos ideales de perfección cristiana.

En este contexto debemos enmarcar el nacimiento y arraigo en Tierra Santa de las Ordenes Militares, milicias en las que se amalgamaron el espíritu ascético de las Ordenes monásticas, el ideal caballeresco y el belicoso ímpetu feudal. Su estrecha vinculación al papado y su universidad les confirieron unos caracteres específicos.

Es dificil definir una institución como la de las órdenes militares cuya larga duración en el tiempo, desde el siglo XII al XIX (e incluso hasta nuestros días en algunos casos), ha ido transformando de manera muy profunda su naturaleza. Si únicamente nos centramos en la Edad Media, es posible establecer la existencia de tres grandes grupos de órdenes militares, como son las "universales", las "territoriales" y las "nacionales", correspondiente cada uno de un modelo distinto de naturaleza y características funcionales especificas. Son modelos que obedecen a una evolución en el concepto de orden militar, una evolución fundamentalmente cronológica, aunque podamos detectar algún desfase no demasiado significativo.

 

ORDENES UNIVERSALES

y más importantes órdenes militares, la del Temple y la del Hospital de San Juan de Jerusalén, nacen en Tierra Santa no muchos años después de que los cruzados conquistaran Jerusalén en 1099. El perfil originario de estas primitivas instituciones lo componen básicamente dos elementos: el universalismo propio de cualquier institución religiosa de carácter regular y la vocación caballeresca, santificada en el espíritu de la cruzada.

Ambas circunstancias encontraron en Tierra Santa y en el recién constituido reino de Jerusalén, el escenario perfecto para provocar el nacimiento de las órdenes militares, y aunque las dos instituciones responden a este primer modelo universalista, caballeresco y cruzado, es preciso advertir que la experiencia constitutiva de ambas no fue la misma.

La primera orden militar, la del Temple, fue el resultado de la conversión de unos caballeros en religiosos. Sin embargo, la orden del Hospital de San Juan, así como otras órdenes que con posterioridad a ella nacieron también en Tierra Santa, eran antiguas instituciones religiosas que, en el contexto cruzado en que se desenvolvían, acabaron militarizándose.

 

ORDENES TERRITORIALES

El concepto de orden militar es, en principio, universal. No puede ser de otro modo dado el carácter religioso y la directa dependencia pontificia de las primeras fundaciones, así como su compromiso con la defensa de ese proyecto común de la Cristiandad que era el reino de Jerusalén, su frontera oriental. Pero es que, además, la lógica del nacimiento de las primeras órdenes militares, una lógica animada y justificada en el espíritu de la cruzada, no era patrimonio de reino alguno, sino inevitable manifestación del conjunto de la sociedad occidental.

El panorama cambia necesariamente a partir de la segunda mitad del siglo XII. Los universalismos ceden paso ante la arrolladora dinámica de las monarquías feudales que hacen de territorios cada vez mejor definidos, marcos para la gestación de sólidos edificios institucionales. El poder se territorializa, y con él también la noción de orden militar. Al tiempo que el reino de Jerusalén entra en cuarentena a partir de Hattin, las órdenes militares asumen su lugar correspondiente en la nueva estructura territorializada de Occidente.
Templarios y hospitalarios se hallan cada vez más mediatizados por los poderes seculares de cada reino, Pero lo realmente significativo es que, al abrigo del nuevo proceso, otras órdenes relativamente menos dependientes del papa y, en consecuencia, más comprometidas con los monarcas y sus respectivos proyectos territoriales, van surgiendo en aquellos lugares de frontera donde su presencia era justificada y eficaz, donde infieles y paganos seguían amenazando a la Cristiandad: La Península Ibérica y la región báltica.
Las primeras son las más importantes y en ellas se ejemplifica con mayor calidad el nuevo "modelo territorial" de orden militar al que venimos aludiendo. Serán, indiscutiblemente, mejores instrumentos de los reinos seculares que de la Iglesia universal, y lo serán en un momento en que esos reinos asumen, parcialmente secularizada, la propia noción de cruzada.
Ordenes "territoriales" hispánicas

Si adoptamos un criterio meramente cronológico, fue la orden de Calatrava la primera en surgir (1158), siendo la frontera toledana con el Islam el lugar de su nacimiento. Las otras dos grandes instituciones iniciales, la orden de Santiago y la orden de San Julián del Pereiro, muy pronto denominada orden de Alcántara, surgieron en la década de los años 70 del siglo XII en el ámbito leones, aunque la primera de ellas no tardaría en desplazar su plataforma nuclear al vecino reino castellano. La segunda, en cambio, apenas tuvo arraigo en Castilla a través de la fallida experiencia de la orden de Trujillo, de cortísima existencia (1188-1196).
También en la década de los 70 data la fundación de la orden de Evora, que pasaría a llamarse orden de Avis cuando en 1211 tome asiento en esta ciudad. Aunque hay quien niega la autonomía de nacimiento de la orden, suponiéndola un mero destacamento calatravo en Portugal, parece razonable admitir un origen independiente pronto mediatizado por su filiación calatrava, anterior a 1187.
Aún fueron creadas dos nuevas órdenes militares en la década de los 70, prácticamente al mismo tiempo. Una de ellas fue la orden de Montegaudio, a la que desde 1188 encontramos ya dividida en dos ramas, la aragonesa, fusionada con el hospital turolense bajo el nombre de orden del Santo Redentor de Alfambra e incorporada al Temple desde 1196, y la castellana, rebautizada como orden de Monfragüe y unida a la de Calatrava a partir de 1221. Menos complicada es la trayectoria de la segunda fundación, la orden de Alcalá de la Selva. Se trata, en este caso, de un ejemplo de militarización posterior de una orden carente en su inicio de tal carácter, al estilo de las frecuentes transformaciones que se producían en Tierra Santa.

Los selvenses constituían una fundación benedictina radicada en el monasterio burdegalense de la Grande-Sauve y extendida por tierras oscenses y zaragozanas desde finales del siglo XI. Sería Alfonso II quien, entregándoles la fortaleza turolense de Alcalá en 1174, les dotaría de su carácter militar hasta su oscura disolución a mediados, o quizá segunda mitad del siglo XIV.

Dejando a un lado los ejemplos anteriores, el ámbito político de la Corona de Aragón es escenario, en lo que se refiere a este grupo de órdenes de carácter territorial, únicamente de una fundación y relativamente tardía, la de la orden de San Jorge de Alfama, creada en las costas catalanas de Tortosa por Pedro II en 1201, con el fin de protegerlas de la piratería musulmana.

Ordenes "territoriales" de la zona del Báltico La región báltica fue escenario en las primeras décadas del siglo XIII de la creación de dos nuevas órdenes militares de muy corta existencia: la milicia de Cristo de Livonia o Hermandad de la Espada, establecida en la actual ciudad letona de Riga en 1202, y la orden de Dobrin, fundada en 1228 o poco antes de la fortaleza polaca de Dobrzyn, en el Vístula. Además fueron semejantes y ambas acabaron siendo fagocitadas por la orden Teutónica en el breve plazo de tiempo, entre 1235 y 1237.

Las ordenes "nacionales" Entre las últimas décadas del siglo XIII y las primeras del XIV se produce en el conjunto de Occidente un hecho de trascendentales consecuencias políticas: nace, aunque tímidamente y bajo muy elemental apariencia, el concepto de soberanía real. Los monarcas, desde Alfonso X de Castilla hasta Felipe IV de Francia, plantean diáfanamente su máxima pretensión política: ser emperadores de sus respectivos reinos, o dicho de otro modo, no compartir en ellos soberanía alguna. Los procesos de territorialización que ya se venían experimentando en los distintos reinos, derivan hacia la fijación objetiva de fronteras, precisas y de jurisdicción excluyente.
¿En qué medida afectó este nuevo clima a las órdenes militares? Sin duda, de manera contundente. Las órdenes, que no escapan a los esfuerzos "nacionalizadores" que despliegan los reyes sobre el conjunto de las instituciones de sus respectivos reinos, se desligan cada vez más de sus originarias dependencias pontificias y empiezan a dar muestras de patente secularización normativa y disciplinaria. Surge el tercero de los grupos de órdenes militares medievales, el que obedece al modelo de "orden nacional".

Si dejamos a un lado el caso de la orden Teutónica, convertida ella misma en principado soberano sobre tierras de Prusia y Livonia desde mediados del siglo XIII, sólo contamos con ejemplos claros de este nuevo modelo de "orden nacional" en la Península Ibérica, allí donde la tradición cruzada se seguía alimentando a través de la presencia islámica en su territorio. Un precoz exponente de este tipo de órdenes militares lo constituye la castellana de Santa María de España, de La Estrella o de Cartagena, la original experiencia naval de Alfonso X, fundada en 1272 y de apenas una década de existencia. Es probablemente la institución que más y mejor representa el deseo de crear una orden militar a imagen y semejanza de la realeza.

Pero no es la única. La disolución de la orden del Temple, formalmente decretada en 1312, dio paso a la formación de dos instituciones, desde muchos puntos de vista, paralelas: una catalano-aragonesa y otra portuguesa. La primera es la orden de Santa María de Montesa (1317), una institución genuinamente valenciana formada a partir de la agregación a las casas templarias del reino de Valencia de las posesiones, igualmente valencianas, de la orden de San Juan de Jerusalén. Algo semejante a lo acontecido, con Montesa cabe decir de la portuguesa orden de Cristo (1319), refundación del Temple controlada por la corona lusa, tras la formal disolución canónica de la institución original.

Fue Portugal, ciertamente, el reino peninsular que alcanzó mayores cotas de éxito en materia de "nacionalización" de ordenes militares. En torno a 1300 sus reyes consiguen favorecer la escisión de los santiaguistas portugueses respecto a la institución maestral castellana, creando una orden propia de Espatarios, que sólo alcanzará pleno reconocimiento canónico a mediados del siglo XV, aunque en la práctica viniera funcionando de manera independiente desde mucho tiempo antes.

 

III - ESTRUCTURA ORGANIZATIVA

Los caballeros de estas órdenes eran efecto monjes, al haber profesado los votos (pobreza, castidad y obediencia), organizando su vida de acuerdo con una regla (por lo general la benedictina) y depender directamente del Papa. Pero al mismo tiempo eran "milites", al ejercer el oficio de las armas y estar motivados por el ideal de cruzada. Generalmente se distinguían tres clases de miembros de estas agrupaciones, según predominase un elemento ideológico y otro. Los hermanos eclesiásticos eran simplemente monjes, encargados de la misión y el apostolado, los caballeros onopolizaban la función militar y los hermanos sirvientes se dedicaban a tareas hospitalarias y domésticas.

Institucionalmente hablando las órdenes militares estaban dirigidas por un gran maestre, cuyos poderes resultaban muy superiores a los del capítulo general, si bien en ocasiones se buscaba el apoyo de un consejo restringido, fiscalizados del maestre. Casas, propiedades y rentas se dividían en provincias, agrupaciones de prioratos a su vez integrados por encomiendas. A las órdenes de los priores estaban los comendadores o bailes, representantes de la orden a nivel local y regional.

Al maestre corresponde, en efecto, el gobierno supremo y la representación última de la orden. Su título, de evidentes resonancias clásicas - los magistri equitum y los magistri peditum - eran los responsables de la milicia eclesiástica, acorde con la vocación expansiva del momento. Sus competencias - las mismas que tenía un abad respecto a su comunidad - abarcaban prácticamente todas las actividades imaginables, aunque cabe subrayar tres aspectos fundamentales:
- Son responsables, en primer lugar, de la recepción de cuantos freires caballeros ingresaban en el convento: de ellos recibían solemne profesión religiosa y el juramento de fidelidad, y a ellos conferían el hábito y equipo militar, responsabilizándose en lo sucesivo de su mantenimiento, de forma directa en el convento o indirecta a través de la entrega de una encomienda.
- En segundo lugar, al maestre correspondía velar por la disciplina de la vida conventual, garantizar el cumplimiento de las reglas y, en último término, aplicar a los freires las penas y correcciones de que fueran merecedores.
- En tercer lugar, el maestre era el máximo responsable de la integridad del patrimonio de la orden, le correspondía gestionar adecuadamente sus recursos y procurar el mantenimiento de sus instalaciones.
Por su parte, al capítulo en su versión general - teórica agrupación de todos los miembros de la comunidad - le correspondía, en primer lugar, la elección del maestre. Esta podía verificarse de manera directa, pero lo más frecuente es que el procedimiento de elección fuera indirecto: los templarios y hospitalarios, al menos hasta el año 1300, utilizaron comisiones electoras compuestas por trece miembros, que también encontramos entre alcantarinos y santiaguistas, aunque los trece santiaguistas no se disolvían tras la elección sino que constituían un permanente consejo en torno a la figura del maestre. El capítulo debía ser, por otra parte, el solemne escenario de las profesiones de los nuevos freires, le correspondía velar, junto con el maestre, por la disciplina conventual, y supervisaba y controlaba la gestión económica llevada a cabo por él.

Por lo demás, no es el maestre la única dignidad personal, diferenciada de la corporación capitular. Las órdenes nacidas en Tierra Santa contaban con senescales - segunda dignidad tras el maestre - y mariscales que tenían amplias competencias en materia militar. Algunas de sus funciones las asumían los comendadores mayores en las órdenes hispánicas. También había freires que se responsabilizaban de tareas específicas en relación a la administración del tesoro conventual o a la gestión y administración de bienes que servían para el mantenimiento del resto de los miembros de la orden. Sirva de ejemplo la figura del clavero de las órdenes hispánicas cistercienses que, además de guardar la sede del convento central, compartía con el maestre la responsabilidad de proveer a sus miembros de cuantos bienes necesitasen.

No debemos olvidar tampoco que una parte significativa de la comunidad conventual de cada orden la formaban los freires clérigos. Estos dependían directamente del capítulo a través de los priores conventuales, cuyo nombramiento no era competencia del maestre. En casi todas las órdenes eran los propios freires clérigos los que los elegían, pero en las de obediencia cisterciense el nombramiento era directamente efectuado por el abad de Morimond. De este modo, los freires clérigos, que hacían su profesión en la persona del prior, constituían un segmento.