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LAS ORDENES MILITARES

SEGUNDA PARTE

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Por Rafael Abel Díaz Balaguer

 

IV - CAMPOS DE ACCION DE LAS ORDENES MILITARES

 

La actividad de las órdenes militares se reduce a tres grandes escenarios.

En primer lugar el originario de Tierra Santa donde, como consecuencia directa de la primera gran cruzada, (organizada para la recuperación de los Santos Lugares y en particular Jerusalén, cuyo significado escatológico trasciende el ya por sí importante, de ser escenario privilegiado de la vida de Jesucristo) consolidan su presencia en el reino de Jerusalén y en el resto de los estados cruzados, principalmente en el condado de Trípoli y en el principado de Antioquía.

En segundo lugar, la Península Ibérica de la "reconquista", en ella las órdenes militares desplegaron una notable actividad en un territorio que desde la desembocadura del Tajo al oeste, y el curso del Ebro, al este, se proyectaba hacia las tierras meridionales del Guadalquivir y del Segura. La creación de estas órdenes militares no difiere gran cosa de aquellas que se originaron en torno a Jerusalén y los Santos Lugares. Si cruzados fueron aquellos caballeros, cruzados lo fueron también cuantos compusieron las órdenes militares españolas dado que en España también el cristianismo luchaba contra la religión mahometana personificada por los árabes invasores de la Península.

En tercer lugar, los freires tuvieron una activa presencia en la región báltica, desde el golfo de Danzig y Prusia hasta las heladas tierra de Estonia, con el objeto de conquistar y evangelizar el territorio, donde los caballeros teutónicos serían una de las puntas de lanza fundamentales del Drang Nach Osten (avance de los alemanes hacia el este por territorios eslavos del Báltico) utilizando sistemáticamente la idea de la cruzada (hasta ese momento limitada al ámbito islámico) contra el paganismo de los pueblos de Prusia, Livonia (actual Lituania) y Estonia.

Los tres escenarios tienen un denominador común. Son la expresión patente de las fronteras de la Cristiandad de los siglos XII y XIII, y en todas ellas, el Occidente cristiano-romano hizo, a través de la cruzada, una sólida apuesta de consolidación expansiva a costa de infieles y paganos. Pero las similitudes acaban ahí. De hecho, se pueden establecer importantes diferencias entre los tres escenarios señalados.

En primer lugar, diferencias naturales y climatológicas. Y es que desde un punto de vista estrictamente militar, las condiciones derivadas de la orografía y el clima, en especial este último, determinan en ocasiones de manera extraordinaria la actuación de los freires en cada uno de los frentes. No es ciertamente lo mismo sostener una acción militar en las cálidas y secas zonas desérticas de Tierra Santa, que en el gélido panorama de la zona báltica, o en el relativamente benigno escenario de la Península.

Desde otro punto de vista completamente diferente, el de las justificaciones ideológicas, conviene subrayar también las diferencias en lo relativo al enemigo a combatir y la naturaleza de sus creencias. No es igual que los freires se enfrenten a los infieles musulmanes del Próximo Oriente o de la Península Ibérica, que a los paganos eslavos de la zona báltica.

Y el tratamiento que, desde un punto de vista ideológico, tienen tan distintos "enemigos de la fe" se traduce en actitudes diversas por parte de las órdenes militares. Así, no es lo mismo una lucha reconquistadora llevada a cabo contra representantes de una religión superior como, al fin y al cabo, eran los musulmanes, que una guerra de pura y simple expansión contra una población de ancestrales creencias originarias.

En efecto, los modos empleados por los freires teutónicos en el este de Europa, en ocasiones de auténtico exterminio, no fueron por lo general los adoptados por los templarios y hospitalarios en las regiones musulmanas de Siria, y mucho menos en la Península, donde la regla santiaguista llegaba a contemplar, incluso, la deseable atracción de los musulmanes a la fe de Cristo.

Desde un punto de vista político, finalmente, pueden también establecerse importantes diferencias. En este caso debido a la distinta relación que las órdenes militares muestran respecto al poder político y que, sin duda, condiciona también su actitud y, sobre todo, su actividad militar. Cabe en este sentido establecer tantos modelos de relación como escenarios de actividad.

Así, el amplio margen de control establecido por los monarcas peninsulares sobre las órdenes operativas de sus respectivos reinos, contrasta con la gran autonomía que los freires gozaban en tierras cruzadas del Próximo Oriente, en especial a partir del último tercio del siglo XII, cuando se hace patente la debilidad de la monarquía jerosolimitana. Las órdenes de implantación báltica, por su parte, participan de la autonomía propia de las de Tierra Santa hasta el punto de que, hacia 1250, una de ellas, la más importante y la que absorbe a las demás, la orden Teutónica, acabará ella misma constituyendo un poder político independiente.

Naturalmente que esta distinta forma de entenderse la relación de las órdenes militares con el poder, condiciona seriamente su actividad militar. Es así que un vehemente mandato de la Sede Apostólica, como el que en 1193 dirigía el papa Celestino III a las órdenes hispánicas para que lucharan contra el islam independientemente de las treguas que sus reyes hubieran firmado con los musulmanes, sólo se entiende en un contexto específico en el que la iniciativa militar de los freires se ve seriamente restringida por los intereses políticos de los monarcas, auténticos gestores y administradores de la guerra contra el islam peninsular.

Pero no solo los objetivos de la actividad militar de las órdenes fueron dirigidos contra los musulmanes y los paganos sino que también se produjeron intervenciones contra cristianos.

La defensa de la integridad de sus bienes patrimoniales y, sobre todo, la lucha contra enemigos herejes o cismáticos, de la Iglesia, son los dos supuestos que canónicamente permitieron a los freires de las órdenes militares utilizar sus armas contra los cristianos. El segundo de ellos, fue el recurso justificativo más común. Hubo incluso órdenes militares, de efímera existencia, eso sí, que nacieron para combatir a los herejes, como fue el caso de la Milicia de la Fe de Jesucristo, aprobada en 1221 por el papa Honorio III y nacida en el Midi francés, en el contexto todavía vivo del movimiento cátaro. Más tradición llegó a tener la oposición de las órdenes militares a los cismáticos ortodoxos. Por las mismas fechas que los caballeros teutónicos se enfrentaban a los rusos de Alejandro Nevsky, templarios y hospitalarios se hallaban comprometidos en la defensa del imperio latino de Constantinopla nacido a raíz de la cuarta cruzada, y a garantizar su sostenimiento frente a la permanente amenaza de los ortodoxos griegos iba destinado un acuerdo de 1246 por el que la orden de Santiago enviaría un contingente armado al emperador franco Balduino II.

Pero quizá lo más llamativo del enfrentamiento de miembros de las órdenes militares con otros cristianos sea la utilización de sus armas contra los componentes de otras órdenes militares. Las rivalidades entre templarios y hospitalarios en Tierra Santa no siempre se mantuvieron en los límites del recelo y de la crítica mutua. Y sin embargo, se podía llegar más lejos; de hecho, no faltan ejemplos de enfrentamientos entre miembros de una misma orden alineados en facciones opuestas. Así ocurrió en la Península Ibérica en 1385 cuando hospitalarios portugueses, desgarrados por un cisma provincial, se enfrentaron entre sí en la conocida batalla de Aljubarrota.


 

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