
Entre todas las Ordenes Militares surgidas en el territorio peninsular durante los siglos medievales y al compás de la Reconquista, hubo una que quedó eclipsada por la categoría de las grandes Milicias que, como el Temple, Hospital, Santiago y Calatrava, se hicieron dueñas de gran parte del solar hispano. Nos referimos a la Orden de San Jorge de Alfama, la única Milicia que tuvo su origen y desarrollo en Cataluña y que hoy únicamente las ruinas de su castillo la recuerdan.
calor de la Reconquista, empresa considerada como cruzada, y con el fin primordial de defender a la cristiandad del ataque de los infieles. De ahí que se asentaran primero en lugares fronterizos y se extendieran después por amplias zonas del reino gracias a la liberalidad de los monarcas que premiaron sus servicios. La Orden de San Jorge de Alfama nació con un objetivo muchos menos ambicioso: la defensa contra los ataques sarracenos de una estrecha faja costera, desértica e inhóspita, y en consecuencia de su repoblación.
Diferente el objetivo y diferente también el contingente humano que formó parte de la Milicia de San Jorge. No es de extrañar que en los albores del siglo XIII las gentes no se sintieran atraídas hacia una tarea tan poco prestigiosa como era la defensa de una costa, peligrosa e inhóspita, cuando otras Milicias les daban la oportunidad de gozar de la gloria militar, así como de amplias inmunidades. Por todo ello la Orden de San Jorge llevó, durante más de un siglo, una vida anodina, hasta el reinado de Pedro el Ceremonioso, el monarca que le dio un fuerte impulso al elevarla al rango de Orden de caballería. A partir de entonces, sí se asemejó en algunos aspectos a las Ordenes tradicionales, aunque por muy poco tiempo y siempre con una gran diferencia respecto a aquellas.
Desde la desembocadura del Ebro hasta la población tarraconense de Cambrils, se extiende una amplia faja costera, cuyo carácter árido y desértico, que aún hoy en parte subsiste.
Dentro de la amplia zona mencionada se hallaba el desierto «qui vocatur Alfama», que comprendía la faja costera de 20 kilómetros de largo y unos 10 de ancho que se extendía desde la Ampolla hasta el Coll de Balaguer. La indudable procedencia árabe de este topónimo nos habla de la presencia sarracena en la zona, que tuvo su fin tras la reconquista de las comarcas de Lérida y Tortosa por el conde Ramón Berenguer IV al filo de 1150. Tras la conquista, vino la tarea repobladora, ya que el éxito de aquella hubiera sido casi nulo si aquellos territorios, muchos de los cuales habían quedado totalmente desiertos, no hubiesen sido poblados de gentes que les dieran nueva vida. A este empeño se dedicó el conde reconquistador y sus sucesores, Alfonso el Casto y Pedro el Católico, y varias cartas de población concedidas en aquella mitad de siglo dan prueba de ello. También el término de Tortosa precisaba ser repoblado, pero lo extenso de sus límites originó pronto su desintegración en señoríos, que fueron concedidos a caballeros de las Ordenes Militares, de forma que al iniciarse el siglo XIII prácticamente se hallaba repartido entre el Temple y el Hospital. Pero el territorio de Alfama, que también se hallaba incluido dentro de aquel término, se encontraba todavía sin dueño, y el aspecto desértico que ofrecía, debido en parte a la erosión marítima y a los vientos que dificultan el desarrollo de la vegetación, era una realidad en los albores del Medioevo; triste realidad, pues propiciaba el continuo ataque de las naves moras que allí se resguardaban al amparo del terreno quebrantado, atemorizando a los cristianos con sus frecuentes incursiones. Además, Alfama era lugar de paso entre Tarragona y Tortosa, y el caminante que debía atravesarlo no tenía donde refugiarse en caso de sentirse enfermo o ante una inclemencia del tiempo.
Todos los peligros que acabamos de mencionar, así como la necesidad urgente de repoblar esta importante extensión de tierra constituida por el desierto de Alfama, hicieron que Pedro II dirigiera su atención hacia el lugar. Su preocupación, por otra parte, era secundada por su madre, la reina doña Sancha, así como por Ramón de Montcada y otros nombres catalanes, con los cuales pronto concibió la idea de fundar en aquel territorio una Orden que diera solución a la problemática que presentaba la zona: su defensa y repoblación.
La idea fue adquiriendo forma en la mente del monarca, el cual, al buscar un nombre para designar a la nueva milicia, pensó enseguida en ponerla bajo la advocación de San Jorge, por el que sentía una devoción muy especial, heredada de sus antepasados.
La Orden de San Jorge acababa de ser concebida; faltaba sólo que cobrara vida. Para ello el monarca, pensando seguramente que el desierto de Alfama, a pesar de constituir un territorio ya reconquistado, no se encontraba seguro de posibles incursiones por su posición estratégica, creyó que lo más conveniente era confiarlo a unos particulares. Esto es lo que hizo en el acto de fundación de la nueva Orden, que llevó a cabo el 2 de septiembre de 1201, al conceder al noble catalán Joan d’Almenara y al subdiácono Martí Vidal el desierto de Alfama, a cinco leguas de Tortosa, con unos términos que el monarca especificó claramente.
En cuanto a los fines de la Orden recién instituida, quedan claramente expresados en el documento fundacional: «domus Ordinis et orationis et misericordie, in honorem Dei et Sancti Georgii, construatis et deinceps in barbarorum rabies propulsetur». Vemos pues, como desde el primer momento el monarca quiere que la nueva milicia tenga carácter de Orden: «domus Ordinis», estableciendo como misión básica la oración, la misericordia encaminada a dar cobijo a los caminantes, y el rechazo de los sarracenos o de quienes atacasen la zona. De estos fines se desprende el doble carácter hospitalario-militar de la Orden, ya que junto al ejercicio de la caridad y protección al necesitado, la lucha contra los sarracenos suponía inevitablemente el ejercicio de las armas.
Podemos decir que los freires de la Orden de San Jorge no tuvieron en sus comienzos una Regla propia, pero sabemos que vivían bajo la de San Agustín, puesto que así lo comunicará el Ceremonioso al papa, en 1373, cuando le pida la confirmación de la Orden «qui sub Regula beati Augustini et invocatione beati Georgii in loco de Alfama, Dertusenins diocesis, institutus fuit et fundatus». Será a partir de esta fecha y tras la confirmación de la Milicia, cuando veremos al pontífice asignarles de forma oficial la Regla de San Agustín a la manera como la practicaba la Orden del Hospital, aunque adaptada a las exigencias de los freires de San Jorge.
La actividad militar de esta orden se desarrolla cuando Pedro II emprendió la guerra y consiguió, con la ayuda de los caballeros de la recién creada Orden Militar, arrebatarles a los musulmanes de Valencia, Ademuz Castielfabib. El rey se centró en su alianza con Castilla y trató de apoderarse de la isla de Mallorca con una expedición que finalizó en fracaso. Alfonso VIII, de Castilla solicitó su ayuda para combatir el poder musulmán y los aragoneses y catalanes así lo hicieron, participando en la batalla de las Navas de Tolosa. Entre las huestes del rey Pedro, se encontraban los Caballeros de la Orden de San Jorge, que no dudaron en acudir al llamamiento del monarca.
Vino un intento de apoderarse de parte del País Vasco, en detrimento de Navarra, y los que resultaron más beneficiados fueron los castellanos. La última etapa de su reinado se caracterizó por las convulsiones producidas en Occitania con motivo del catarismo. Pedro se encontró ante un dilema, por un lado deseaba conservar la amistad de los nobles del Languedoc y por otro, no quería enfrentarse al Papa que había decretado la Cruzada contra los Cátaros. La decisión papal de enviar a la nobleza franca contra los albigenses (cátaros) occitanos, obligó a Pedro a alinearse junto a estos. No sólo porque era su deber proteger a los que eran sus vasallos, sino que en aquel conflicto estaba en juego toda la política occitana de sus antepasados.
El problema afectaba también a la Orden de San Jorge, obligada, por un lado a entrar en combate con las fuerzas protegidas por el Papa, lo que repugnaba a su catolicismo. En suma, Pedro y los occitanos se enfrentaron a las tropas francas dirigidas por Simón de Monfort. La batalla se riño a las puertas de Muret el 12 de septiembre de 1212; Pedro resultó derrotado y muerto y toda Occitania quedó en poder de los cruzados, con lo que las pretensiones sobre todas estas tierras quedaron definitivamente arruinadas.
No por esto, la Orden de San Jorge, dejó de existir. Permaneció; pero, de acuerdo a las crónicas, aunque sus caballeros eran hombres de bien probado valor en la guerra, en tiempos de paz llevaban una vida un tanto relajada. El rey Pedro IV de Aragón y III de Cataluña, llamado “el Ceremonioso”, quiso darle nuevo vigor a la Orden para lo que solicitó del Papa Gregorio XI, su aprobación pontificia. Esta le fue otorgada y por parte del Rey, la Orden recibió el lugar de Aranda.
Ya por aquel tiempo, la Orden de San Jorge había iniciado su decadencia. Su convento era muy pobre, el número de caballeros era cada vez más escaso. De todos modos, participaron en cuantas empresas emprendió el rey Pedro “el Ceremonioso”, un reinado caracterizado por convulsiones internas y guerras externas, entre las que destacó la denominada “de los dos Pedros”, a causa de los enfrentamientos de los aragoneses y catalanes del rey Pedro “el Ceremonioso”, contra los castellanos del también Pedro, Rey de Castilla, apoderado “el Cruel”. A estas alturas, la Orden de San Jorge ya estaba en franca decadencia y así llegó hasta el reinado de Martín “el Humano”.
Cuando sucedió en el trono a su hermano Juan, se encontraba en Sicilia y aún tardó casi un año en regresar a la Península. En 1397, Martín juró los Fueros de Aragón y en la primera etapa de su reinado se esforzó en acabar con las rencillas que existían en varios puntos del Reino. Tuvo que pasar a Cerdeña para aplastar la rebelión de los Jueces de Arborea, que, ayudados por los genoveses, dominaban toda la isla a excepción de Cagliari, Alghero y Longorado, que permanecían fieles a la corona aragonesa.
Este rey tuvo la idea de fortalecer a la Orden de San Jorge, pero ya era muy tarde estando la misma en absoluta decadencia, extinguiéndose poco a poco. Fue entonces cuando Martín “el Humano”, concibió una solución: Unir la Orden de San Jorge con la de Montesa. El Papa Benedicto XIII, dio su aprobación y así, sin la menor dificultad, los Caballeros de San Jorge se integraron en la de Montesa.
Solo resta por destacar que, pese a que la Orden de San Jorge de Alfama se extinguió aquel 24 de enero de 1400, no así su nombre, ya que la Milicia resultante de la unión pasó a denominarse «Orden de Nuestra Señora de Montesa y San Jorge de Alfama». Como recuerdo de esta última quedaba la cruz roja sobre la blanca vestidura, que sustituyó a la negra de Montesa, y la silueta de un castillo al borde del mar Mediterráneo, que el paso de los siglos ha convertido en ruinas.
Dieciséis maestres tuvo la Orden de San Jorge: El primera fue D. Joan d’Almenara (1201-1213) y el último Francesc Ripollés /1394-1400), que fue a quien le tocó ver como su Orden desaparecía absorbida por la poderosa de Montesa.
Una vez que se unieron, los Caballeros de San Jorge ya estuvieron siempre al servicio de su nueva Orden y con los de esta participaron juntos, como un solo Cuerpo Militar, que eso fue lo que en realidad eran, en los días de gloria de Montesa, así como en los de su decadencia.
Cuando en el año 1587, la Orden de Montesa fue incorporada a la Corona de Felipe II, por bula del Papa Sixto V, los antiguos caballeros de San Jorge ya no existían. De la Orden a la que pertenecieron tan solo quedaba, en el mejor de los casos, su cruz y un lejano recuerdo.
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LAS ORDENES MILITARES |
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Por Rafael Abel Díaz Balaguer |
ORDEN DE SAN JORGE DE ALFAMA |
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