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LAS ORDENES MILITARES

 

Por Rafael Abel Díaz Balaguer

 

ORDEN MILITAR DE MONTEGAUDIO

Las tres órdenes militares Calatrava, Santiago y Alcántara, aún siendo las tres principales órdenes hispánicas, no fueron las únicas que se fundaron en los siglos XII y XIII en la península Ibérica; existieron otras órdenes militares que carecieron de la importancia y difusión de las anteriores o que sólo perduraron durante un espacio de tiempo más corto que las tres grandes órdenes castellanas.

La más antigua de estas órdenes, que en algún modo podríamos calificar de menores, es la orden que fue recibiendo sucesivamente los nombres de Alfambra, Montegaudio y Monfragüe y que tuvo una vida tan azarosa como inquiera había sido la de su fundador, el conde gallego Rodrigo Álvarez.

Don Rodrigo Álvarez, tercer conde de Sarriá, hijo de Don Alvaro Rodrigo, segundo conde del mismo título, y de la infanta Doña Sancha, hermana de Alfonso VII, el 9 de Julio de 1172 renunció ante el cardenal Jacinto al hábito de Santiago, de cuya Orden fue fundador y comendador mayor. Obtuvo licencia del legado pontificio para pasar a la nueva Orden de Montegaudio, que se había de regir con la regla del Cister, más estrecha que la de San Agustín, por la que se regía la Orden de Santiago, que acaba de dejar.

Una vez autorizado por el legado pontificio, pasará a otro lugar, probablemente Abrantes (Portugal), una vez allí tomó sin consentimiento del Capítulo de la Orden de Santiago, la cruz mitad roja y mitad blanca.

El 24 de Diciembre de 1173 el Papa Alejandro III aprueba la orden, prohibiéndole únicamente recibir en su nueva orden profeso alguno de Santiago y aceptar Castillo que pudiera dar lugar a conflictos con los Santiaguistas.

 Estas limitaciones motivaron el traslado del conde Don Rodrigo y sus frailes a Aragón, donde no se habían extendido los santiaguistas; el rey Alfonso II de Aragón le donó para sede de la orden en 1174 el castillo de Alfambra, recién conquistado a los musulmanes, así como otras villas en la comarca, por lo que comenzó a ser designada como Orden de Alfambra.

Poco después Don Rodrigo marchó a Tierra Santa donde adquirió el Monasterio de Montegaudio.

 Montegaudio, nombre titular de la nueva Orden, es un monte situado en la parte oriental del Mediterráneo, a 895 metros sobre el nivel del mar. Según algunos historiadores, allí administraría justicia el profeta Samuel. Los peregrinos que viajaban a este monte veían por primera vez, de un golpe de vista, desde su cumbre, toda Palestina, con Jerusalén a sus pies. El principal fin de esta Orden del Montegaudio era proteger a dichos peregrinos, así como acudir a los sitios en donde fuera solicitada su ayuda en defensa de la cristiandad. En el Montegaudio situó su casa principal el fundador Don Rodrigo, haciéndola dependiente de la casa central del Cister.

Entre octubre de 1176 y Junio de 1177 Reinardo de Chantillón dio tierras a la Orden, donación confirmada por Balduino IV de Jerusalén con la condición de que Rodrigo y sus seguidores lucharan en el Este contra los infieles. En 1177 Sibila, hermana de Balduino IV y condesa de Ascalón y Jaffa, donó además a su fundador, el conde Don Rodrigo Álvarez, torres, tierra y renta en Ascalón, y en 1178 recibió otras donaciones del Santo Sepulcro.

De nuevo Alejandro III, el 23 de Noviembre de 1180, aprobaba la orden, ahora con el nombre de Santa María de Montegaudio de Jerusalén, poniéndola bajo su única dependencia.

Don Rodrigo intentó hacer reconocer la orden a nivel internacional aunque no consiguió llamar demasiado la atención de hermanos extranjeros, permaneciendo en Ultramar como orden exclusivamente española. Se sabe con certeza que un pequeño destacamento representó a la orden en la batalla de Hattin en 1187. Tras la derrota y posterior desastre, los supervivientes de la orden se retiraron a Aragón, aunque un puñado de hermanos se quedó en Tierra Santa y se unió a los Templarios.

En 1186 estalló una crisis en la orden mientras Don Rodrigo se encontraba en Montegaudio; el comendador de Alfambra, que, como máxima autoridad en la Península, gobernaba las casas y los bienes de la orden en Aragón, ofreció todas las fortalezas y heredades bajo su jurisdicción a la Orden del Temple; el maestre provincial templario aceptó la donación bajo la condición de que fuese aprobada por el rey de Aragón y por el gran maestre del Temple. Parece que el rey Alfonso II no dio su conformidad por el momento y la incorporación de las posesiones de la Orden de Montegaudio en Aragón al Temple quedó en suspenso.

 En 1187 caía Jerusalén y con ella la casa convento de Montegaudio en poder de los musulmanes, falleciendo al mismo tiempo el conde Rodrigo; perdida la sede central y su fundador, el rey de Aragón erigió en 1188, en Teruel, el hospital del Santo Redentor, para ejercer la caridad y la redención de cautivos y a este hospital incorporó la Orden de Montegaudio con la anuencia de los dos comendadores, el de Castilla y el de Alfambra, donándole poco después alguna otra fortaleza.

La nueva orden, que había recibido el nombre de Orden del Santo Redentor, nació con un problema básico; parte de sus miembros la concebían como orden redentora de cautivos, mientras para otros prevalecía el carácter militar con que había nacido en Abrantes y Alfambra. Además existía el problema político, pues los miembros castellanos no admitían fácilmente la dependencia y subordinación al hospital de Teruel; quizá por esta resistencia nunca obtuvo esta última fusión y cambio de objetivo la aprobación pontificia.

Ante estas dificultades que parecían irresolubles; Alfonso II, cambiando de idea, prefirió el año 1196 robustecer a la Orden del Temple incorporando a la misma todos los castillos y bienes de la Orden de Montegaudio, en Aragón: así el Temple se hizo con las fortalezas de Alfambra, Villel, Libros y Villarluengo; el papa Celestino III confirmaba ese mismo año a la Orden del Temple todas estas fortalezas, es decir, todo cuanto la Orden de Montegaudio poseía en Aragón y Cataluña.

Pero los frailes castellanos o leoneses no admitieron estas decisiones del maestre de Montegaudio y del rey de Aragón y enviaron una embajada al Papa razonando su oposición; mientras la embajada viajaba a Roma, los templarios leoneses ocuparon las casas y heredades de la Orden de Montegaudio en el reino de León.

Quedaban sólo resistiendo a la incorporación al Temple los frailes castellanos de Montegaudio bajo la dirección de su comendador Don Rodrigo González; estos habían establecido la casa madre de la rama castellana en la fortaleza de Monfragüe, junto a las aguas del Tajo, en su ribera izquierda, en el término de Torrejón el Rubio. Los restos de la Orden de Montegaudio que quedaron en Castilla tomaron el nombre de Orden de Monfragüe y aunque contaron con la protección del rey castellano Alfonso VIII, que les hizo una serie de importantes donaciones, apenas lograban mantener su independencia frente a la poderosa Orden del Temple.

Para escapar a la presión del Temple, los frailes de Montegaudio, como cistercienses que eran, buscaron acogerse a la sombra de sus hermanos los cistercienses de Calatrava, no menos poderosos en España que el Temple. En 1215 el maestre de Calatrava solicitaba del Papa Inocencio III que aprobaran la incorporación o absorción de Montegaudio por Calatrava. El Papa atribuyó al Temple todo lo incorporado hasta 1196, pero ordenó que los no incorporados siguieran con los bienes que habían quedado fuera de esa unión.

Así siguió sobreviviendo precariamente la Orden de Monfragüe unos años más, hasta que el 23 de Mayo de 1221 Fernando III ordenó su unión con la Orden de Calatrava.

Pero del mismo modo que en 1196 había habido caballeros que se habían negado a unirse al Temple, ahora los había que rechazaban su integración a Calatrava, por lo que ciertos frailes rebeldes se encasillaron en las fortalezas toledanas de El Carpio, Montalbán y Ronda, en la línea del Tajo, aunque ante la presión que sufrieron por parte de los calatravos les llevó a entregar estas plazas a los templarios, dando origen así a la encomienda templaria de Montalbán. La orden de Montegaudio tuvo numerosas posesiones en Palestina, Castilla, León, Galicia, Portugal y Cataluña. Pero donde se expandió con más rapidez fue en la Corona de Aragón, en poco menos de 23 años, desde la aprobación de la orden en 1173, hasta su unión con la orden del Temple en 1196, ésta milicia adquirió una serie de fortalezas, encomiendas y lugares en la zona del Maestrazgo turolense, donadas todas ellas por Alfonso II.

Hay que recordar el gran número de denominaciones que tuvo la orden durante su breve existencia aparte de sus ya nombradas fusiones con otras instituciones.

Literalmente traducida en latín como Santa María de Monte del Gozo o de la Alegría, fue conocida como: Montegaudio o Montegaudí en Aragón; Montjoy o Montjoie en Cataluña y Valencia y Monfragüe, Montegrago o Monsfrag en Castilla.

El hábito de la orden era blanco y su insignia, que en principio ya hemos dicho era la cruz roja y blanca por mitades, fue sustituida luego por la cruz octogonal encarnada muy parecida a la de los templarios.

Cabe decir que en su corta existencia, la orden paso de ser filial de la de Santiago, a asentarse sólidamente en el Reino de Aragón, brillando con luz propia en la conquista de grandes territorios al sur de la corona.