EL TEMPLO DE JERUSALEM
Y EL PROBLEMA DE LAS COLUMNAS TORSAS

Por Juan Ignacio Jiménez-Velasco y Mazario

En una etapa ya algo lejana de nuestra vida de buscadores nos encontramos con el desafío de estudiar los cinco órdenes arquitectónicos y de orientar este estudio hacia las columnas del templo de Salomón. Y nos encontramos con que, tal como se describen en la Biblia, las columnas construidas por Hiram no se corresponden, en sus proporciones, con ninguno de los cinco órdenes arquitectónicos clásicos. Creemos que este es un buen tema para discurrir aquí.

Sabemos, gracias a la detallada y emocionante descripción de Flavio Josefo, que el templo de Jerusalén fue destruido en el año 70 (e.v.), tras la conquista de la ciudad por los romanos y la sofocación de la rebelión de Bar Kokeba. A partir de entonces decae la importancia de Jerusalén en el mundo hasta que, después de la conquista musulmana de la ciudad se construye, precisamente en la explanada que había ocupado el templo de Salomón, la Cúpula de la Roca (luego mezquita de Omar), así llamada por contener la roca sobre la que Abraham había estado a punto de sacrificar a su hijo Isaac, y desde la que Mahoma ascendió al cielo. Se trata de una impresionante construcción, de planta octogonal, levantada hacia el año 690.

Todos los visitantes medievales de Jerusalén, independientemente de su credo religioso o político, se sintieron conmovidos por este edificio, que destacaba sobre una inmensa explanada pavimentada de mármol. Nada similar podía verse en ningún otro lugar del mundo, por lo que se identificó la Cúpula de la Roca con el templo de Salomón. Esta identificación se facilitó por la coincidencia de elementos decorativos, por supuesto simbólicos (vides, palmas, espigas, granadas) en ambas construcciones. Tengamos en cuenta que la mayoría de las gentes, en aquel tiempo, carecían de conocimientos históricos e ignoraban que el templo de Salomón había sido destruido varios centenares de años antes. Por ello la identificación de ambos edificios, o la identificación de la Cúpula de la Roca con el templo de Salomón, fue general entre musulmanes y cristianos. Tras la conquista de la ciudad por los cruzados, en el año 1099, la mezquita pasó a llamarse Templum Domini y el establecimiento sobre la misma explanada de la casa fundacional de los caballeros templarios, que ocuparon la adyacente mezquita de El-Aqsa, contribuyó aún más a la identificación general de ambos edificios.

Ciertamente que la descripción bíblica del templo como un edificio prismático y longitudinal, nada tiene que ver con la arquitectura octogonal y centralizada de la Cúpula de la Roca, pero tengamos en cuenta que muy pocos, de los peregrinos cristianos de entonces, habían leído la Biblia, y muchos menos podían interpretar visualmente la descripción que en ella se hace del templo de Salomón. Los visitantes cristianos veían, pues, una iglesia cristiana, funcionando como tal, en el edificio del Templo, lo que explica las numerosas réplicas del Templum Domini edificadas desde la Alta Edad Media hasta el Barroco. En la península Ibérica tenemos ejemplos de ello en la iglesia templaria de Tomar, en la de Vera Cruz de Segovia, y en la propia iglesia de San Luis en Sevilla.

Ciertamente que la arquitectura gótica no cayó en este error, y tomó como modelos generales la Jerusalén Celeste y el Santo Sepulcro. Pero cuando a finales de la Edad Media la mezquita de Omar se cubrió con una cúpula bulbosa, este modelo volvió a ser imitado en las construcciones europeas, principalmente en la Europa Central y Oriental.

Pero sin duda ningún elemento ha representado al Templo con tanta eficacia y persistencia como las columnas. Esto es lógico ya que los soportes, su tamaño, forma, proporciones y acabado han jugado un papel fundamental en todos los estilos arquitectónicos. Además la propia Biblia describe con gran minuciosidad los dos pilares de bronce colocados a la entrada del templo de Salomón. Y en la primera basílica vaticana existían unas columnas torsas de mármol de las que se decía procedían del templo de Salomón. Y aquí empieza a haber incongruencias.

La teoría de los cinco órdenes clásicos se formó en el Renacimiento a partir de los textos de Vitruvio, fijándose las medidas y las combinaciones permitidas entre los tipos de basamento, fuste, capitel y entablamento. Pero ninguna de ellas servía bien para dar forma a las dos columnas erigidas en la entrada del templo de Jerusalén, que tendrían, según la descripción bíblica, una forma mucho más achaparrada que cualquiera de las columnas clásicas. Además los fustes torsos no aparecen descritos ni en la Biblia ni en los escritos de Vitruvio.

Hoy sabemos que las columnas torsas de la basílica vaticana probablemente procedían del templo de Herodes en Jerusalén, pero ello no fue obstáculo para que durante el Renacimiento y el Barroco proliferara la construcción de templos con dos columnas a la entrada, como en la iglesia de San Juan de Letrán o la catedral de Würzburg. Contribuyó mucho a ello la inclusión, en el escudo del emperador Carlos, de las dos columnas de Hércules con la divisa Plus Ultra. Esta práctica tuvo también ejemplos en templos edificados por españoles en América y en sinagogas, como la de Worms o la de Santa María la Blanca, en Toledo. Pero las columnas torsas continuaron planteando preguntas: ¿Eran una variante formal de alguno de los cinco órdenes clásicos? ¿De cual? ¿O eran un elemento de otro orden diferente? La respuesta afirmativa a cualquiera de estas preguntas dejaba en entredicho toda la estructura formal teórica de la arquitectura clásica madurada en el Renacimiento. Y, caso contrario, ¿cómo minimizar el valor de unos restos que supuestamente procedían de un templo diseñado por el propio Dios? Las columnas torsas eran una bomba de relojeríacolocada en el centro del sistema clásico que ayudó, junto con sus limitaciones y contradicciones internas, a su virtual disolución a finales de la Edad Moderna.

Según ello fue ocurriendo la arquitectura medieval iba dejando paso a la moderna, lo que culmina a principios del siglo XVIII. En este proceso se conservan unos y abandonan otros de los símbolos, ritos, rituales, mitos y razones que habían estado al uso algunos siglos antes en las corporaciones de constructores. Y también incorpora muchos procedentes de otras tradiciones, como la del estudio de los astros y su aplicación al del hombre y las sociedades, la del trabajo de los metales, la de la ciencia de los números y sus combinaciones y, sobre todo, la de la interpretación profunda de los pensamientos, las palabras y los hechos. Todo ello nos sitúa, sin duda alguna, comocontinuadores de la Tradición Única y Primordial que es la vía iniciática.

Para terminar quiero recordar que, unos años antes de nuestra investidura en el Temple hubimos de realizar un viaje profesional a Madrid en unos días de gran afluencia de visitantes, por lo que no encontramos hotel sino en San Lorenzo de El Escorial. No conocíamos todavía los trabajos de Villalpando, discípulo de Herrera, el constructor del monasterio, sobre el templo de Salomón, pero como dispusimos de tiempo entramos una vez más a visitar el edificio. Y una vez más elevamos la vista hacia la bóveda que cubre el coro, con un fresco enorme de Luca Cambiaso que representa a la Trinidad presidiendo una legión de ángeles y santos. Pero esta vez reparamos en el objeto sobre el que descansan los pies del Padre y del Hijo trinitarios: una piedra cúbica, situada en la zona mejor iluminada del fresco. Y como no creíamos en las casualidades, y sí en las sincronicidades, en el sentido que dio Carl Gustav Jung al término, sentimos vibrar en nuestro ser el eco de la iniciación y nos embargó la misma emoción inquietante y angustiosa que la del primer hombre que vio en su verdadera luz las estrellas y se hizo las tres preguntas sagradas: ¿qué soy?, ¿dónde estoy?, y ¿para qué?

 

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